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El argumento histórico (o de la resurrección de Jesús de Nazaret)

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El cristianismo tiene su fundamento en la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. En esto Jesús se distingue del resto de líderes políticos y religiosos. La esperanza del cristiano no está puesta en la vida de Jesús, aunque fue ciertamente una vida virtuosa, o en sus obras, aunque fueron ciertamente dignas de admiración, sino en su muerte, y su resurrección al tercer día.

En la actualidad la persona de Jesús de Nazaret está tan envuelta en misticismo, separada de nuestra cultura por casi dos mil años de revoluciones políticas, científicas y artísticas, que puede ser difícil apreciarla a un nivel personal. Es por eso que la mayoría de la gente piensa que lo que de él se enseña es algo que los cristianos deben creer simplemente por fe, sin evidencia. Pero, de hecho, contamos con evidencia histórica que la gran mayoría de los historiadores, salvo los más radicales, admite como válida. Esta evidencia consiste en los testimonios legados por sus discípulos y recopilados en lo que solemos llamar Nuevo Testamento.

Para el cristiano, la Biblia es la palabra inspirada, infalible e inerrante de Dios, comunicada a nosotros a través de sus siervos los profetas. Pero para el incrédulo, la Biblia es una compilación de fábulas editadas por una institución social que ha buscado someter al pueblo y perpetuar su influencia política. Esta es la realidad. Y ya que, tristemente, hay razones históricas para sostener esta percepción de la iglesia, no puedo culpar al incrédulo por aferrarse a ella.

De manera que, en lo que sigue, trataré los escritos bíblicos como eso en lo que todos podemos estar de acuerdo: una colección de documentos escritos por personas que conocieron de cerca de Jesús.

Cierto, es posible que estos personajes, siendo cercanos a Jesús, exageraran o maquillaran algunos eventos. Admitiré por ahora esta posibilidad. Las personas tienden a matizar sus relatos para favorecerse ante su interlocutor, para persuadirlo de alguna idea o simplemente para captar su atención, y con frecuencia también olvidan detalles. Pero, repito, debemos aceptar al menos el hecho de que los autores neotestamentarios estaban bien informados acerca de los eventos que comentaron. Ellos sabían si lo que escribían era un reporte fidedigno de lo que atestiguaron o no, independientemente de su motivación para mentir o decir la verdad. Leer más

El argumento ético (o de la existencia de valores morales objetivos)

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En el clímax moral de Las aventuras de Huckleberry Finn, Huck recuerda las lecciones que recibió en la escuela dominical, acerca de lo que ocurre con personas que hacen lo que él había estado haciendo: ayudar a un esclavo a escapar de su amo. La gente que actúa así, se repite a sí mismo, termina irremediablemente en el infierno. Huck está genuinamente convencido de que ha cometido un grave pecado y, temiendo que su error lo condene a un castigo eterno a menos que se arrepienta y repare el daño causado, decide escribir una carta a la dueña del negro Jim, revelándole la forma en que pudiera recuperar a su esclavo. Pero, al recordar el cariño y la consideración que Jim le había mostrado durante su viaje, y cómo lo consideraba su único amigo, exclamó “¡Pues vale, iré al infierno!”.

“Eran ideas y palabras terribles, pero ya estaba hecho. Así lo dejé, y no volví a pensar más en lo de reformarme. Me lo quité todo de la cabeza y dije que volvería a ser malo, que era lo mío, porque así me habían criado, y que lo otro no me iba. Para empezar, iba a hacer lo necesario para sacar a Jim de la esclavitud, y, si se me ocurría algo peor, también lo haría, porque una vez metidos en ello, igual daba ocho que ochenta.”

Al meditar en todo el mal, toda la injusticia de la que somos testigos, mucha gente se convence de que, aun si Dios revelara ante ellos su existencia más allá de toda duda, le darían la espalda a quien, teniendo el poder para impedirlo, permite el sufrimiento de millones de personas inocentes en medio de guerras, catástrofes naturales, enfermedades y crímenes atroces.

Pero hemos de hacernos una pregunta fundamental antes de tomar esa decisión. ¿Se puede ser bueno sin Dios? A primera instancia la pregunta pudiera parecer tan obvia que el sólo hecho de enunciarla indignaría al crítico de cualquier fe teísta. Incluso los cristianos, que encontramos en Dios la motivación y el aliento que nos ayuda a conducir nuestras vidas con amor, seríamos arrogantes e ignorantes si negáramos que los incrédulos, ya sean agnósticos o ateos, pueden vivir de acuerdo con principios morales que, con frecuencia, resultan dignos de imitar. Huckleberry Finn creía actuar moralmente en contra de la voluntad de Dios al ayudar a su amigo a escapar de sus opresores. ¡Esto significaría que se puede ser bueno incluso en contra de Dios!

Sin embargo, la pregunta que debe hacernos reflexionar no es ¿se puede ser bueno sin creer en Dios? O ¿se puede ser bueno sin seguir a Dios? La pregunta es ¿se puede ser bueno sin Dios? Al hacer esta pregunta, inquirimos la naturaleza misma de los valores morales. ¿Son los valores que guían nuestras vidas meras convenciones sociales, como el saludar con la mano derecha en vez de la izquierda? ¿Son acaso expresiones de un gusto adquirido, como el que desarrollamos por ciertas comidas según la región geográfica en la que hemos crecido? ¿O son realmente válidos y vinculantes, independientes de nuestra opinión y de nuestro contexto histórico? Y, si son objetivos en este sentido, ¿cuál es su fundamento? Leer más

El argumento cosmológico kalam (o de la contingencia del universo)

En su edición del 8 de abril de 1966, la revista norteamericana Time lució una portada que sacudió al mundo. Por primera vez en la historia de la revista, su portada no mostraba la fotografía de un líder político o artista, ni imágenes de ningún otro tipo, sino únicamente tres palabras: ¿Está muerto Dios? En su artículo principal, la publicación abordaba el papel cada vez menor que el concepto de Dios juega en una sociedad cada vez más secular, mientras describía los problemas teológicos modernos y la suficiencia de la ciencia para explicar el mundo natural y nuestras experiencias diarias.

Pero apenas tres años después los editores reconocieron cuán prematura había resultado esa conclusión. Una nueva portada anunciaba una nueva edición con una idea diametralmente opuesta: ¿Está Dios volviendo a la vida?

Time reconocía ahora el creciente interés en la intersección de la filosofía, la ciencia y la teología. En numerosas y prestigiadas revistas académicas de la talla de Nature, el British Journal for the Philosophy of Science y Astrophysics and Space Science, se inició un diálogo acerca de temas filosóficos desde la evidencia científica más reciente con implicaciones teológicas.

Ésta era, de hecho, la continuación de un diálogo de gran tradición histórica. Una impresionante constelación de notables pensadores, como Al- Ghazali, Avicenna, Tomás de Aquino, Gottfried Leibniz y René Descartes, entre muchos otros, han defendido la necesidad de Dios para entender una diversidad de fenómenos, incluyendo la existencia misma del universo. Cualquiera puede, como ellos, hacerse la pregunta más trascendental de todas: ¿por qué existe el universo en vez de nada? Leer más

El argumento ontológico (o de la aseidad del Máximo Ser Concebible)

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Si se pide a diez personas que piensen en un triángulo, seguramente no tendrán la misma imagen en la mente. Diferirán en el color, por ejemplo, y en la extensión de su base o en su altura. Algunos triángulos serán agudos y otros obtusos. Quizá una persona visualice un triángulo equilátero mientras que otra se figure un triángulo escaleno.

Pero hay algo en lo que todos estarán de acuerdo. Si el concepto les es familiar y han experimentado con formas triangulares en su vida diaria, reconocerán que, sin importar los accidentes de su trazado, un triángulo tiene necesariamente tres lados rectos cuyos extremos se tocan por pares en tres vértices. Si han prestado atención durante sus clases de educación básica, recordarán también que esta configuración geométrica exige que la suma de sus ángulos internos sea siempre 180°, y que la suma de las longitudes de cualesquiera dos de sus lados sea siempre mayor que la longitud del lado restante.

Esto es lo que es un triángulo. Otras características podrán variar, pero nunca éstas. Si no se cumpliesen estas condiciones, no estaríamos hablando de un triángulo, sino de otra cosa. Si tuviera cuatro lados, la figura sería un cuadrilátero y no un triángulo. Si se trazaran solamente dos segmentos de recta, o si la suma de los ángulos internos fuera mayor que 180°, los extremos de sus lados no se tocarían en tres vértices y no se trataría de una región delimitada (es decir, ni siquiera tendríamos un polígono).

Lo que resulta ilustrativo del concepto de triángulo (sin profundizar más en trigonometría o discutir geometrías no euclidianas) es que hay ciertos atributos que hacen de un ser lo que es, los cuales o posee necesariamente o deja de ser. Decir esto, por supuesto, no es lo mismo que afirmar su existencia. No basta con definir un objeto para que exista. Pero si existe lo hace con aquéllos atributos que lo hacen ser lo que es, porque es imposible que carezca de ellos. Si algún triángulo en verdad existe, ha de tener tres lados perfectamente rectos tocándose exactamente en sus extremos.

Ésta es la idea básica (y aparentemente obvia) detrás del argumento ontológico. El argumento ontológico es un argumento que concluye la existencia del Máximo Ser Concebible (MSC) por la vía analítica de la razón pura, partiendo de un reconocimiento de los atributos que necesariamente debería poseer ese MSC si acaso existiera. Leer más