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¿Por qué se celebra la Navidad el 25 de diciembre?

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Es difícil determinar con precisión el día del nacimiento de Jesús. La fecha no es revelada en los Evangelios ni en Hechos. Ni siquiera hay mención de la época del año en que ocurrió.

La razón de ello es que para los judíos, y para los primeros cristianos, el día de nacimiento de una persona simplemente no era muy importante. Incluso Orígenes de Alejandría, probablemente el teólogo cristiano más influyente anterior a Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, juzgaba la práctica de celebrar los cumpleaños como un ritual pagano, ya que su ocurrencia en la Biblia tiende siempre al pecado; pudiéramos comparar, por ejemplo, al Faraón y a Herodes ordenando una ejecución cada uno en su cumpleaños (Génesis 40:20; Marcos 6:21-27), con Job y Jeremías maldiciendo el día de su nacimiento (Jeremías 20:14; Job 3:1-3). De manera que, hasta donde sabemos, el concepto de Navidad no se popularizó hasta apenas el siglo III.

La pasión y muerte de Jesús, en cambio, es descrita con detalle en los cuatro Evangelios, y los eventos relevantes pueden reconstruirse a partir de las cartas apostólicas. De acuerdo con los evangelistas, Jesús fue crucificado un viernes de Pascua, en el 15 del mes hebreo Nisán, correspondiente con el 3 o 7 de abril del año 30 d.C. o 33 d.C.

La fecha de la muerte de Jesús es relevante porque, en el año 200 d.C., Tertuliano de Cartago, el otro gran teólogo cristiano de la antigüedad, reportó que el 15 de Nisán correspondía al 25 de marzo del calendario romano, exactamente nueve meses antes del 25 de diciembre. Y debido a una tradición judía, se creía que los hombres de Dios siempre mueren en la misma fecha en la que han nacido, a pesar de que las escrituras sólo testifican esto de Moisés (Deuteronomio 31:1-2), y de que muchos profetas y mártires no han satisfecho esta condición. Como sea, así surgió la idea de que Jesús habría sido concebido en el vientre de María un 25 de marzo, y nacido nueve meses más tarde, un 25 de diciembre.

Es difícil imaginar que Augusto César hubiera ordenado un censo durante el invierno (Lucas 2:1-6), o que un grupo de pastores atendiera sus rebaños fuera del corral en esta época (Lucas 2:8), así que el relato del nacimiento de Jesús resultaría problemático si en verdad hubiera ocurrido el 25 de diciembre. Sin embargo, la conversión del emperador romano Constantino al cristianismo favoreció fuertemente la popularidad de esta teoría.

Desde sus inicios, la expansión del Cristianismo tuvo la dificultad de que muchísimos gentiles se aferraban a las tradiciones paganas, y una de las principales tradiciones en Roma era la celebración al Sol Invictus alrededor del solsticio de invierno. De acuerdo con esta tradición, la deidad del Sol (conocido con diferentes nombres en diferentes religiones, como Helios, Mitra o El Gabal) nacía precisamente el día en que el período de luz es menor, inaugurando un nuevo período de luz que crecería conforme avanzara el año y el dios Sol se hiciera más fuerte.

A partir del año 313, con la proclamación del Cristianismo como religión oficial de Roma bajo el gobierno de Constantino, se iniciaría la práctica de “cristianización” de las fiestas paganas. Es decir que las costumbres de otras religiones fueron adoptadas por la iglesia oficial con el objetivo de que fuera más sencillo para las personas aceptar las nuevas doctrinas. Los líderes del cristianismo romano vieron en la Navidad del 25 de diciembre una excelente forma de conservar una fiesta del pueblo al mismo tiempo de introducir la historia de la anunciación y el nacimiento de Jesús. Incluso algunos lo tuvieron como una declaración de la ironía que el Sol de Justicia (Malaquías 4:2) venciera al Sol Invictus en la conciencia colectiva.

No obstante, muchos cristianos estuvieron inconformes con esta forma de edificar sobre instituciones paganas, muy distinta a lo que encontramos en pasajes relevantes de la Biblia, en los que se exhorta a la completa destrucción de todo símbolo pagano (Éxodo 23:24; 2 Reyes 18:3-5; 2 Crónicas 31:1). Por este motivo, muchos movimientos protestantes rechazan los festejos de Navidad.

Hoy en día, la Navidad es un día de descanso que muchas familias de diferentes religiones alrededor del mundo aprovechan para reunirse en un lugar especial. Como cristianos, es importante entender que las tradiciones de los hombres, en tanto no transgredan la Ley de Dios, ni nos acercan ni nos alejan de Él (Colosenses 2:16); y que los árboles o las estatuas ni nos benefician ni nos perjudican, pues sólo hay verdaderamente un Dios (1 Corintios 8:5-6). Entendiendo el mensaje que Pablo dejó a los colosenses y a los corintios, si nuestro prójimo nos invita a celebrar con él y su familia, y ésta es una oportunidad para dar testimonio de Jesús y compartir con ellos la esperanza de la familia en Cristo que se reunirá un día en los cielos, no tenemos motivos para rechazar la invitación; pero si alguna acción o ritual nos pone en peligro de caer en tentación, entonces deberemos cuidarnos de no convertirnos en tropiezo para él y su familia.

En tanto nos mantengamos del lado correcto del cerco formado por los diez mandamientos, procedamos como Pablo, siendo todas las cosas a todas las personas, para que por todos los medios al menos algunos puedan conocer a Dios (1 Corintios 9:22).

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