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El argumento histórico (o de la resurrección de Jesús de Nazaret)

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El cristianismo tiene su fundamento en la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. En esto Jesús se distingue del resto de líderes políticos y religiosos. La esperanza del cristiano no está puesta en la vida de Jesús, aunque fue ciertamente una vida virtuosa, o en sus obras, aunque fueron ciertamente dignas de admiración, sino en su muerte, y su resurrección al tercer día.

En la actualidad la persona de Jesús de Nazaret está tan envuelta en misticismo, separada de nuestra cultura por casi dos mil años de revoluciones políticas, científicas y artísticas, que puede ser difícil apreciarla a un nivel personal. Es por eso que la mayoría de la gente piensa que lo que de él se enseña es algo que los cristianos deben creer simplemente por fe, sin evidencia. Pero, de hecho, contamos con evidencia histórica que la gran mayoría de los historiadores, salvo los más radicales, admite como válida. Esta evidencia consiste en los testimonios legados por sus discípulos y recopilados en lo que solemos llamar Nuevo Testamento.

Para el cristiano, la Biblia es la palabra inspirada, infalible e inerrante de Dios, comunicada a nosotros a través de sus siervos los profetas. Pero para el incrédulo, la Biblia es una compilación de fábulas editadas por una institución social que ha buscado someter al pueblo y perpetuar su influencia política. Esta es la realidad. Y ya que, tristemente, hay razones históricas para sostener esta percepción de la iglesia, no puedo culpar al incrédulo por aferrarse a ella.

De manera que, en lo que sigue, trataré los escritos bíblicos como eso en lo que todos podemos estar de acuerdo: una colección de documentos escritos por personas que conocieron de cerca de Jesús.

Cierto, es posible que estos personajes, siendo cercanos a Jesús, exageraran o maquillaran algunos eventos. Admitiré por ahora esta posibilidad. Las personas tienden a matizar sus relatos para favorecerse ante su interlocutor, para persuadirlo de alguna idea o simplemente para captar su atención, y con frecuencia también olvidan detalles. Pero, repito, debemos aceptar al menos el hecho de que los autores neotestamentarios estaban bien informados acerca de los eventos que comentaron. Ellos sabían si lo que escribían era un reporte fidedigno de lo que atestiguaron o no, independientemente de su motivación para mentir o decir la verdad.

A partir de aquí argumentaré a favor de 7 hechos que, en su conjunto, apuntan a la veracidad del relato de la resurrección de Jesús.

  1. La Biblia actual contiene los relatos íntegros de sus autores originales.
  2. Los autores del NT relataron los hechos tal como ellos los conocían.
  3. Jesús aseguraba ser Dios encarnado.
  4. Jesús fue condenado a muerte por crucifixión durante la Pascua.
  5. Jesús fue sepultado por José de Arimatea.
  6. Un grupo de mujeres encontró vacía la tumba de Jesús en la mañana del tercer día desde su muerte.
  7. Un gran número de personas aseguró haber visto a Jesús resucitado, a pesar de tener toda predisposición a lo contrario.

1. La Biblia actual contiene los relatos íntegros de sus autores originales.

La iglesia primitiva, es decir la comunidad de los primeros cristianos, usaba a manera de libros de texto las cartas y memorias escritas por los primeros discípulos, recopiladas por los apóstoles mismos o por sus acompañantes. Es decir, para estudiar las enseñanzas de Jesús, o para resolver alguna duda respecto a cómo debían actuar en determinada situación, los primeros cristianos leían y se compartían las cartas de Pablo, o los evangelios de Marcos y Mateo, o la crónica que Lucas compuso sobre la misión de los apóstoles.

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Estos documentos eran numerosos y abordaban temáticas muy diversas. Y en una época en la que la única forma de reproducir un texto era la transcripción manual, las comunidades cristianas dispersas en Europa, Asia y África decidieron que sería buena idea llegar a un acuerdo al respecto de qué cartas y qué evangelios se estudiarían en sus reuniones. Esto permitiría unificar doctrinas y estandarizar procedimientos, además de facilitar la labor de instruir nuevos discípulos.

Pero cuando tomaron la decisión de elaborar esta especie de compendio, se dieron cuenta de que, de hecho, todos estaban ya enseñando y estudiando los mismos documentos. Y resultaba, además, que eran precisamente los primeros que se habían escrito. Así se compilaron todos estos escritos en lo que ahora conocemos como Nuevo Testamento, y la iglesia, de manera unánime, adoptó el Nuevo Testamento (NT) como guía espiritual a la luz de la cual se interpretaría incluso el Antiguo Testamento.

Alrededor del año 320, por ejemplo, Eusebio de Cesárea presenta una lista de escritos inspirados casi idéntica al índice del actual NT, poniendo en duda únicamente cinco de ellos: las cartas de Santiago y Judas, la segunda carta de Pedro y las cartas 2 y 3 de Juan. En el año 350, Cirilo de Jerusalén consideraba canónico al evangelio de Tomás, y rechazaba el Apocalipsis, pero aparte de eso aceptaba el NT actual, incluso los escritos sobre los cuales Eusebio estaba en duda. Para el año 363 era ya un consenso que 26 de los 27 documentos del actual NT habían sido inspirados, como se reporta en el Sínodo de Laodicea, y sólo se discutía la canonicidad del Apocalipsis. Atanasio de Alejandría finalmente reconoce el compendio actual del NT en el año 367. Es ratificado por Gregorio de Nacianzo en el año 390, cuatro años más tarde por Jerónimo de Estridón, y por todos los sínodos y concilios desde entonces.

Así que, a diferencia de lo que suele pensarse, la iglesia organizada no produjo los escritos del NT, sino que simplemente se propuso determinar cuáles eran los más indicados para divulgar las enseñanzas de Jesús, y resultó que no fue difícil determinarlo en la mayor parte.

Lo que unifica a los escritos del NT es que todos ellos tienen la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret como tema central, aunque sus autores son diversos: Pedro, Juan y Mateo eran apóstoles de Jesús; Santiago y Judas eran parientes de Jesús, probablemente hijos del primer matrimonio de José; Marcos era acompañante y traductor de Pedro; Pablo fue, primero, enemigo de los cristianos, y luego apóstol; Lucas era acompañante de Pablo; y la identidad del autor de la carta a los Hebreos es desconocida, aunque, por los detalles que revela en la misma carta, debió pertenecer al círculo cercano de los apóstoles.

Es importante notar que en el Nuevo Testamento se recogen los testimonios de estos nueve autores, que vivieron en los tiempos de Jesús, porque la mayoría de los eventos del mundo antiguo nos son conocidos por el testimonio de tan sólo uno o dos autores, nacidos mucho tiempo después de los hechos. Por ejemplo, las primeras biografías de Alejandro Magno fueron escritas por Arriano y Plutarco más de 400 años después de su muerte. Y, sin embargo, la historicidad de Alejandro Magno se considera bien establecida. En cambio, hay buenas razones para pensar que el libro de los Hechos fue escrito incluso antes del año 62 d.C., porque no menciona la caída de Jerusalén, ocurrida en el año 70; ni las persecuciones de Nerón en el 65; ni las muertes de Pablo, en el 65, y Santiago, en el 62. Una crónica con tales omisiones sería como escribir una biografía de Abraham Lincoln en 1870 y no mencionar su asesinato en 1865.

Tomando como referencia el libro de los Hechos, escrito a más tardar en el año 62, podemos inferir que el evangelio de Lucas fue concluido a más tardar en el 61, y que el evangelio de Marcos, el primero en ser escrito, debió concluirse antes del año 60.

Por supuesto, ni la multiplicidad de testigos ni su reporte temprano nos dice mucho si la iglesia ha tenido oportunidad de modificar el texto a su conveniencia. Pero aquí el NT tiene una garantía de autenticidad importante. Existen más y mejores copias del NT que de cualquier otro documento del mundo antiguo.

Como punto de comparación, Anales de la Roma Imperial, escrito por Tácito en el año 116, tiene sólo dos copias que datan del año 850. Esto quiere decir que, aunque sabemos cuándo fue escrita originalmente esta obra, lo que tenemos no es la original sino una copia con 700 años de diferencia. Esto es problemático porque en 700 años el texto original podría haberse adulterado muchísimo, y no tenemos forma comprobar si eso ocurrió o no. Sin embargo, este clásico de la antigüedad se considera esencialmente confiable. La Ilíada de Homero, terminada en el siglo IX a.C., es una de las obras mejor respaldadas, con 643 copias en total, la más temprana de ellas datada del siglo IV a.C., alrededor de 500 años después de la original.

En cuanto al NT, se han encontrado 5,664 copias que datan desde el siglo II, apenas cien años después del texto original. Y eso contando solamente las copias que están escritas en griego, porque hay más de 19,000 copias escritas en latín, etíope, eslavo, armenio y otros idiomas. Y, por si fuera poco, el NT está reproducido prácticamente en su totalidad en más de 36,000 citas hechas por los primeros apologetas cristianos, incluyendo a Atanasio de Alejandría, Juan Crisóstomo, Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona.

La iglesia podría haber producido versiones alteradas durante la Edad Media o incluso antes, pero no tuvo control sobre las miles de copias y citas textuales que se produjeron desde los inicios del cristianismo. Así que, la cantidad y calidad de copias tempranas, la variedad de idiomas y regiones en que se han hallado, y las citas encontradas en otros documentos, nos permiten tener la confianza de que el NT que leemos hoy en día contiene el texto original que sus autores querían divulgar.

No necesitamos preocuparnos, pues, por alteraciones del evangelio a través de los siglos. Las cuestiones que pudieran preocuparnos se refieren más bien a si los autores narran lo que realmente ocurrió.

2. Los autores del NT relataron los hechos tal como ellos los conocían.

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La tradición dicta que los autores de los textos del NT son: Mateo, apóstol; Marcos, asociado de Pedro; Lucas, asociado de Pablo; Juan, apóstol; Pablo, apóstol; Santiago, hermano de Jesús; Judas, hermano de Jesús; Pedro, apóstol; y el autor de Hebreos, asociado de los apóstoles. Su autoría de los evangelios y epístolas ha sido cuestionada por los historiadores modernos, pero el hecho que todos reconocen es que se trata de al menos nueve autores diferentes, lo que indica una múltiple atestiguación de los hechos referidos.

Cuando tantas personas distintas relatan los mismos hechos, lo que el crítico espera encontrar es un núcleo común en todos los relatos, y algunas discrepancias en cuanto a los detalles. Sería sospechoso que todos los testigos relataran los hechos en el mismo orden y con exactamente los mismos detalles, e indicaría que se han puesto de acuerdo con anticipación. Pero al tratarse de testigos diferentes, cada uno puede ofrecer su propia perspectiva de los hechos, enfatizando diferentes pasajes y relatando eventos que sus compañeros no pudieron observar.

Es por eso que las supuestas contradicciones entre los cuatro evangelios, lejos de socavar su credibilidad, la apoyan. Marcos (15:32) y Mateo (27:44), por ejemplo, cuentan que ambos ladrones se burlaban de Jesús crucificado, pero Lucas (23:39-41) afirma que uno lo defendió. Repito que, por ahora, no presupongo la infalibilidad de la Biblia, o su inerrancia, sino que simplemente tomo al NT como una colección de escritos históricos (y, por cierto, si la iglesia organizada hubiera editado los textos para manipular a sus seguidores, pronto habría reconciliado este tipo de pasajes). ¿Importa mucho si ambos ladrones se burlaban de Jesús o sólo uno de ellos? En lo que respecta a los hechos, es seguro que Jesús fue crucificado entre ladrones, y que fue objeto de burlas.

De modo que la atestiguación múltiple y la divergencia superficial de los relatos es evidencia a favor de la veracidad de los hechos relatados, pero hay más. Incluso los críticos más severos admiten que los evangelios y cartas apostólicas fueron escritos dentro de los primeros cien años desde la muerte de Jesús, fechando el evangelio de Marcos, por ejemplo, hacia el año 80. Y, de acuerdo con la teoría de los mitos de Julius Müller, este tiempo es insuficiente para tergiversar los hechos.

La razón es simple. El tiempo que se requiere para que la acumulación de elementos fantásticos en torno a un relato histórico lo ofusque al punto de que pierda confiabilidad es de al menos tres generaciones (alrededor de 90 años), porque antes de eso los testigos presenciales, aún vivos, desmentirían cualquier declaración tendenciosa. Pero en el caso, de la vida de Jesús, no encontramos en la historia algo parecido a un “verdadero recuento de los hechos” que contradiga las afirmaciones principales que encontramos en el NT. De hecho, el primer evangelio con fuertes elementos mitológicos aparece precisamente al cabo de este período. El evangelio de Tomás, datado alrededor del año 140, describe, por ejemplo, una gigantesca cruz andante que emerge de la tumba de Jesús, hablando con una voz celestial y en medio de todo tipo de símbolos fantásticos y teológicos.

Por otra parte, los eventos principales atestiguados por los autores neotestamentarios son confirmados por varios cronistas de la antigüedad, como el judío Flavio Josefo, quien tendría un interés religioso en sepultar la leyenda de Jesús de Nazaret, escribiendo en Antigüedades sobre los discípulos de aquel varón condenado por Pilato a muerte por crucifixión. También el historiador romano Cornelio Tácito describe en Anales la religión que surgió a raíz de la muerte de Jesús, ordenada por el procurador de Judea, Poncio Pilato. Otro historiador romano, Gayo Suetonio, menciona en Vida de los doce Césares los disturbios provocados por los judíos que rechazaban a Jesús, y el castigo que Nerón infligía sobre los primeros cristianos.

Una última línea de evidencia de la confiabilidad de los autores del NT es que no ocultaron detalles que los avergonzarían. Esto es importante porque, cuando alguien embellece un testimonio, típicamente lo hace para ocultar detalles que lo incriminarían de alguna manera. Esto lo hacen niños, jóvenes y adultos por igual, culpables o inocentes del crimen por el cual se los hace declarar.

Con respecto a este punto, los apóstoles admiten, por ejemplo, haberse quedado dormidos cuando debían estar orando (Marcos 14:32-41), haber abandonado a su maestro por temor a perder sus vidas (Mateo 26:31, 56), que Tomás no creyó en el testimonio de sus compañeros (Juan 20:25), que Pedro negó a Jesús en tres ocasiones (Marcos 14:66-72) y que fue llamado Satanás (Marcos 8:33), y que todos ellos eran, en general, algo lentos para entender lo que Jesús deseaba mostrarles (Lucas 18:34).

El punto es que los autores del NT no intentaron ocultar o embellecer los hechos con el fin de beneficiarse a sí mismos o a su causa, sino que los reportaron tal como ellos los conocían, y sus testimonios fueron posteriormente confirmados incluso por comentaristas externos, sin interés alguno en apoyar el movimiento emergente del cristianismo.

3.Jesús aseguraba ser Dios encarnado.

Durante el último siglo se popularizó la idea de que, en algún momento, los discípulos llegaron a malinterpretar las palabras de Jesús, y que él en ningún momento afirmó ser Dios. La organización de los Testigos de Jehová, por ejemplo, apoya esta idea, y sostiene que en las escrituras se hace siempre una clara distinción entre Dios y Jesús. Pero no es difícil, sin adentrarme en las sutilezas de la teología cristiana, probar que esto es falso. Si confiamos en el testimonio de los apóstoles, no debe quedarnos duda de que Jesús afirmaba ser Dios.

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  • a) Con frecuencia (por ejemplo, Juan 3:13-14; Lucas 17: 25-26; Mateo 20:28), Jesús usaba para sí mismo el título de Hijo del Hombre. Esto pudiera confundir a quien no está familiarizado con las profecías acerca del Mesías judío, haciéndole creer que, de esta manera, Jesús enfatizaba su humanidad. Pero es justo lo contrario. Al referirse a sí mismo como Hijo del Hombre, Jesús se identificaba como la divinidad descrita en Daniel 7, a quien le son dadas autoridad, gloria y dominio eternos. Por eso, ante el concilio del Sanedrín (Mateo 23:63-65), conformada por los principles sacerdotes de Israel, Jesús anuncia que lo verían a él, el Hijo del Hombre, sentado a la diestra del Padre, viniendo sobre las nubes del cielo. Esta declaración provocó que los sacerdotes se rasgaran los vestidos y lo acusaran de blasfemia, pues el único modo de interpretarla es que Jesús afirmaba ser Dios.
  • b) Jesús también se identificaba como Hijo de Dios, distinto del resto de los hombres. Por medio de una parábola (Marcos 12:1-12), Jesús recordó la historia de su pueblo, presentando a Dios como el dueño de un viñedo. Cuando el tiempo de la cosecha se acercaba, el dueño envió a sus siervos más fieles para supervisar a los labradores, pero estos, en vez de reconocer la autoridad de los siervos, los golpearon, se burlaron de ellos y los mataron. Finalmente el dueño decidió enviar a su hijo, creyendo que a él sí lo respetarían, pero fue el hijo quien recibió el peor trato de todos. Los siervos de la historia claramente representan a los profetas, pero el hijo, superior a todos los demás en jerarquía, representa a Jesús. Entendiendo a la perfección lo que Jesús decía de ellos y de sí mismo, muchos judíos deseaban apresarlo.
  • c) Jesús se atribuía otras prerrogativas exclusivas de Dios. Por ejemplo, dijo ser más importante que el templo de Jerusalén (Mateo 12:6), dijo ser Señor del shabat (Mateo 12:8) y dijo tener autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:7-10). incluso al usar expresiones como “de cierto os digo” o “en verdad les digo”, insinuaba que sus enseñanzas y juicios no requerían la validación de dos o más testigos, como era la costumbre en su cultura (Mateo 18:16; 2 Corintios 13:1), sino que sus palabras tenían autoridad por el simple hecho de ser él quien las decía.

Muchas veces el pueblo, instigado por los sacerdotes, intentó apedrear a Jesús, que era el castigo para quienes blasfemaban contra Dios. Para todos era claro lo que Jesús decía ser: Dios en persona (ver, por ejemplo, Juan 10:30-33).

4. Jesús fue condenado a muerte por crucifixión durante la Pascua.

De acuerdo con los evangelios, Jesús fue condenado a muerte por el Sanedrín, reunido en casa del sumo sacerdote Caifás (Mateo 26:57-66). El problema era que la ley de Moisés prohibía la ejecución de alguien, incluso un peligroso criminal, durante la Pascua (una de las tres fiestas nacionales de Israel). Pero Jesús era especialmente peligroso en estas fechas porque, siguiendo la ley de Moisés, cientos de miles de judíos viajarían a Jerusalén para la celebración (Deuteronomio 16:16), y Caifás temía que Jesús y sus discípulos desafiaran públicamente su autoridad. La decisión del Sanedrín fue entonces llevar a Jesús ante Pilato y acusarlo de traición para que fuera el gobierno de Roma, y no la autoridad eclesiástica, quien llevara a cabo la ejecución.

Ni Pilato ni Herodes, para quienes las tradiciones judías carecían de valor, pudieron entender las acusaciones contra Jesús (Lucas 23:13-15). Pero deseando evitar cualquier tipo de revuelta, Pilato entregó a Jesús en manos de los judíos, con su aprobación oficial para que fuera crucificado.

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La crucifixión de Jesús de Nazaret es uno de los eventos históricos mejor documentados. No sólo es relatada por nueve autores independientes compilados en el NT, sino también por autores extrabíblicos. Además del historiador judío Flavio Josefo y el romano Cornelio Tácito, la crucifixión de Jesús es mencionada en los escritos del autor sirio Mara bar Serapion y en el Talmud de Babilonia.

Es por eso que hasta los críticos ateos, como Bart Ehrman, y los más radicales, como el proyecto del Seminario de Jesús, admiten que la evidencia histórica al respecto de la crucifixión de Jesús es abrumadora.

5. Jesús fue sepultado por José de Arimatea.

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Ya que José de Arimatea era miembro del Sanedrín (Marcos 15:43), precisamente el concilio que condenó a Jesús, es poco probable que los apóstoles inventaran esta porción del relato. De acuerdo con los evangelios, fue José de Arimatea, y no uno de los amigos cercanos de Jesús, quien decidió presentarse ante Pilato para pedir el cuerpo y honrarlo con una sepultura apropiada.

Los cuatro evangelistas concuerdan en esto, y no hay reportaje, ni judío ni romano, que contradiga esta versión.

6. Un grupo de mujeres encontró vacía la tumba de Jesús en la mañana del tercer día desde su muerte.

Es interesante que fuera un grupo de mujeres el que descubriera la tumba vacía, porque en aquella época su testimonio era considerado de poco valor. Flavio Josefo, por ejemplo, refleja la cultura patriarcal de su tiempo al aconsejar que, debido a la levedad de su carácter, nunca debería prestarse atención a una declaración hecha por mujer sobre temas importantes.

Si los apóstoles hubieran tenido la intención de convencer a sus contemporáneos a costa de la verdad, habrían dicho que la tumba fue encontrada vacía por alguno de los discípulos varones de mejor reputación, no por un grupo de mujeres (mucho menos cuando sobre alguna de ellas existía el estigma del adulterio).

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Pero la verdad es que fueron mujeres quienes acudieron a la tumba a ungir y perfumar el cuerpo de Jesús (Marcos 16:1-2). Ellas conocían el lugar porque habían atestiguado el momento de la sepultura (Marcos 15:47). Y si se hubieran equivocado de tumba, las autoridades judías y romanas fácilmente habrían podido rectificar el error preguntando directamente a José de Arimatea dónde había dejado el cuerpo.

El hecho de que el cuerpo de Jesús desapareció de su tumba es confirmado por las propias autoridades judías, quienes denuncian a los discípulos como responsables de esa desaparición.

Es indiscutible, pues, que en algún momento durante los tres días siguientes a la crucifixión, el cuerpo de Jesús desapareció de su tumba.

7. Un gran número de personas aseguró haber visto a Jesús resucitado, a pesar de tener toda predisposición a lo contrario.

La resurrección no es una leyenda tardía, sino una tradición muy temprana. La forma poética del recuento de los hechos que Pablo hace en 1 Corintios 15:3-5 es señal de una tradición oral que, luego de muchos años, evolucionó hasta adoptar esa estructura típica del folclor judío:

“…os he enseñado lo que así mismo recibí,
que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras,
y que fue sepultado,
y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras,
y que apareció a Cefas, y luego a los doce…”

Pablo continúa enlistando a los testigos de la resurrección:

“…después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, aunque otros duermen. Después apareció a Santiago, después a todos los apóstoles. Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció también a mí.”

Destacan dos cosas de este recuento. Número uno, que habiendo ahora testigos varones de la resurrección, no era ya necesario mencionar el testimonio del primer grupo de mujeres. Y número dos, que Pablo parece desafiar, a todo el que dudara de sus palabras, a buscar a los testigos oculares para entrevistarlos directamente.

Estos más de quinientos testigos no ganaban nada con sostener su testimonio, y en cambio ponían en riesgo sus casas, sus bienes, sus familias y sus propias vidas. Según la interpretación clásica de sus escrituras, los judíos no creían en la muerte de su Cristo, mucho menos en su resurrección, pero ahora la afirmaban incluso si esto les significaba persecución, martirio y muerte.

Es inverosímil suponer que todos ellos estuvieran dispuestos a persistir en una mentira que no les retribuía de ningún modo, ni a ellos ni a sus familias. Y, sobretodo, estando perfectamente conscientes de lo que realmente había ocurrido. Porque una cosa es defender una mentira creyendo que es la verdad, pero otra muy diferente sería defender una mentira sabiendo muy bien que se trata de una mentira. Los primeros cristianos, personalmente, eran los únicos que sabían si en verdad habían visto a Jesús resucitado.

Si Jesús, por una extraordinaria combinación de circunstancias, hubiera logrado sobrevivir a su crucifixión, como se supone en el islam, lo que los discípulos habrían encontrado sería un hombre moribundo, no el hijo de Dios en su gloria. Y la hipótesis de una alucinación colectiva es todavía más increíble. Quienes afirmaban la resurrección eran personas muy distintas unas de otras.

  • a) Pedro había sido un amigo íntimo de Jesús con un gran sentimiento de culpa por haberlo negado.
  • b) Juan era otro amigo íntimo de Jesús, que lo siguió hasta presenciar el martirio con sus propios ojos.
  • c) Tomás no creía a sus amigos cuando le anunciaron la resurrección.
  • d) Santiago y Judas, hermanos de Jesús, no habían sido sus discípulos. Lo creían un demente o un charlatán (Marcos 3:21), y cuestionaban con sarcasmo su ministerio (Juan 7:1-5). Jesús lo sabía, y de allí viene el famoso dicho: nadie es profeta en su propia casa (Mateo 13:57). Para ellos, la ejecución de su hermano como un criminal en un madero (Deuteronomio 21:23) era confirmación de que sus declaraciones no eran más que delirios de grandeza. Y, sin embargo, el mismo Santiago que nunca creyó en su hermano, de pronto se volvió pilar del movimiento cristiano (Hechos 21:18; Gálatas 2:9), convencido de haber sido testigo de su resurrección.
  • e) Pablo, anteriormente conocido como Saulo de Tarso, no sólo no creía en Jesús, sino que era un perseguidor y asesino de cristianos. Él no tenía ningún remordimiento por la muerte de Jesús, ni estaba ligado a él por sentimiento alguno. De hecho, él se describía a sí mismo como hebreo de hebreos, fariseo en cuanto a la ley, e irreprensible en cuanto a la justicia (Filipenses 3:5-6). Poseía la ciudadanía romana, provenía de una familia acomodada y fue discípulo de Gamaliel, uno de los doctores de la ley más respetados. Pero de pronto decidió abandonarlo todo, eligiendo los azotes, los naufragios, las prisiones, el peligro de ríos y ladrones, el hambre y la fatiga, y muchos otros padecimientos (2 Corintios 11:16-33). Y todo porque un día, camino de Damasco, se encontró con Jesús resucitado (Hechos 22:6-8).

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La mejor explicación de los hechos

Estos son siete hechos aceptados por la gran mayoría de los historiadores. No son concluyentes, pues es posible que cientos de cristianos mintieran respecto a las apariciones de Jesús después de su muerte. Pero, considerando que ellos eran conscientes de sus afirmaciones, de que lo perderían todo y que no tenían nada que ganar, ¿cuál es la probabilidad de que se rehusaran a retractarse? Decir que éste es un ejemplo de disonancia cognitiva, de que actuaron en contra de su beneficio, no es dar una explicación, sino describir precisamente el fenómeno que requiere la explicación.

Para millones de cristianos la explicación es simple, aunque sus implicaciones son vastas. Jesús es quien dijo ser. Jesús es Dios.

Referencias

Craig, W. L. (2010). On guard: Defending your faith with reason and precision. Colorado: David C. Cook.

Geisler, N. (2013). Christian apologetics. Michigan: Baker Academic.

McDowell, J. (1982). Evidencia que exige un veredicto. Florida: Vida.

Strobel, L. (1998). The case for Christ:A journalist’s personal investigation of the evidence for Jesus. Michigan: Zondervan.

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2018). El argumento histórico (o de la resurrección de Jesús de Nazaret). Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/resurreccion-de-jesus-de-nazaret

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