Inicio » Religión » Ilustraciones

Categoría: Ilustraciones

La muerte de un vendedor ambulante

A post shared by Torcacita (@torcacita73) on

Death of a salesman es uno de los grandes dramas del siglo XX, escrito por Arthur Miller en 1949 y llevado a Broadway en múltiples ocasiones.

La historia gira en torno a Willy Loman, un hombre que vivía una vida de mentiras. Fingía tener mucho dinero, pero no lo tenía. Fingía tener conexión con personajes influyentes, pero no era cierto. Fingía tener el poder político que otros anhelaban, pero no era verdad. Incluso sus hijos creían tener un padre poderoso, influyente, acaudalado. Sólo su esposa conocía la verdad porque las deudas se acumulaban.

Un día el hijo mayor, Biff, descubre el verdadero rostro de su padre, y eso lo destruye. El hijo no sabe qué hará de su vida. No sabe si podrá seguir los pasos de la falsa imagen que tenía de su padre, o si lo guiarán las huellas que su padre ha dejado realmente.

Un estado crítico: Quiénes somos realmente

En su obra, Miller describe la crisis moral de una sociedad que idealiza el progreso material sin considerar los principios éticos. Y, como consecuencia de esta crisis, hacia el final de la historia, Willy Loman decide terminar con su vida, solo, en un auto.

Las últimas líneas son un intercambio de palabras entre la esposa, los dos hijos y el vecino, siendo los únicos que acudieron al entierro: ¿Saben cuál fue el problema de papá? Su problema fue que “él nunca supo quién era realmente”.

Muchos andamos por esta vida como vendedores ambulantes. Vamos de un lado a otro, creyendo que hemos conseguido algo valioso y tratando de convencer a la gente de que es así. Pero esto es una ilusión. Y si no descubrimos quiénes somos realmente, no sabremos que lo que cargamos a nuestras espaldas es sólo el peso de nuestro propio pecado.

Toda la limonada que puedas beber (o el juego de la tolerancia)

¿Con qué compararé el juego de la tolerancia?

Imagina a Daniel el travieso parado en la banqueta frente a su casa, con su pequeño negocio de limonada y un letrero que dice “toda la limonada que pueda beber por 5 centavos”. Su vecino, el señor Wilson, se entera de la promoción y decide apoyar al pequeño emprendedor.

“Sírveme un vaso, Daniel. Aquí tienes 5 centavos”, le dice, mientras saca una moneda. Daniel sirve el pequeño vaso, y el señor Wilson bebe el contenido en un par de tragos. “Sabrosa limonada, Daniel. ¿La hiciste tú mismo?”, “Sí, señor, aunque mi mamá me ayudó”.

El señor Wilson levanta el vaso vacío frente a Daniel, pero como éste no entiende la indirecta, se lo aclara.
-Daniel, ¿me sirves otro vaso?
-Claro, señor. Son 5 centavos.
-¡Pero allí dice “toda la limonada que pueda beber por 5 centavos”!
-Sí, señor. Es mi negocio, y un vaso es toda la limonada que puede beber por 5 centavos.

El juego de la tolerancia

Muchas cuestiones en nuestra sociedad moderna son como el negocio de Daniel el travieso. Los escépticos quieren hacernos creer que no hay verdades absolutas, excepto esa verdad de que no hay verdades absolutas. La personas críticas nos aseguran que todas las generalizaciones son malas, con excepción de esa generalidad. La gente de mente abierta proclama la tolerancia, excepto para quienes no están de acuerdo con el juego de la tolerancia.

Y así, pretendiendo monopolizar injustificadamente los valores morales, la sociedad moderna quiere sostener un sistema ético insostenible. El cristiano es señalado como intolerante porque cree tener la razón y trata de convencer a otros de que piensen como él. ¿Y acaso quien lo acusa no cree tener él la razón, y trata de convencer al cristiano de que cambie su forma de pensar? Incluso si responde “no quiero cambiar tu forma de pensar, en tanto no trates de imponer tus creencias sobre mí”, ¿no está tratando de imponerle su creencia, ésa de que lo correcto es no imponer las propias creencias sobre otros?

He aquí la propuesta del Cristianismo ante tal absurdo: Sí hay algunas verdades absolutas, algunas generalizaciones son buenas y hay cosas que no deben tolerarse.

El que no ha dado todo…

¿No sabes si Cristo lo ha dado todo por ti? Escucha lo que sucedió con dos pequeños comerciantes, un niño y una niña. Él tenía muchas canicas y ella tenía muchos dulces. Un día la niña le dice al niño: si me das todas las canicas te daré todos los dulces. Él aceptó el trato. Así que, llegando a su casa, tomó su bolsa de canicas, sacó las más bonitas y el resto lo llevó con la niña para concretar la transacción.

A media noche, el niño da vueltas en su cama, sin poder dormir. No sabe si ha hecho un buen trato. Se pregunta si ella en verdad le ha dado todos los dulces que tenía.

¿Estás dispuesto a darlo todo por Cristo? Hasta que no te comprometas con Dios, siempre te preguntarás si él verdaderamente lo ha dado todo por ti.

El que no ha dado todo no ha dado nada.

El paracaídas

Un grupo de empresarios viajaba en avión. Discutían asuntos de negocios cuando el capitán anunció por el altavoz que el avión estaba sufriendo fallas críticas. El terreno impedía intentar siquiera un aterrizaje forzoso. La única opción era saltar.

Así que el capitán los formó frente a la salida de emergencia y le dio un paracaídas al primero.
– Aquí tiene un paracaídas.
– Perdone, pero ¿no lo tendrá en otro color? A mí el verde no me gusta. ¿Qué tal uno azul?
– Mire, no puedo darle un paracaídas azul, pero puedo darle un paracaídas.
Lo ayudó a colocarse el paracaídas y lo empujó por la puerta.

Vino el segundo empresario, y también a él le dio uno.
– Aquí tiene un paracaídas.
– Perdone, pero no me estoy sintiendo bien. Tengo náuseas. Si no me da algo voy a estar vomitando durante la caída. ¿No tiene una pastilla que me pueda tomar?
– Mire, no tengo una pastilla, pero tengo un paracaídas.
Lo ayudó a colocarse el paracaídas y lo empujó por la puerta.

El tercero ya estaba listo para recibir instrucciones cuando el capitán le dio su paracaídas.
– Aquí tiene un paracaídas.
– Oiga, pero si me lanzo desde aquí tal vez caiga en esa granja que se ve allá abajo, y voy a ensuciarme el traje. ¿Puede asegurarme que caeré fuera de la porqueriza?
– Mire, no puedo asegurarle que caerá fuera de la porqueriza, pero puedo asegurarle que tendrá un paracaídas cuando caiga.

Y así, uno tras otro, todos tenían una petición o una queja. Algunas eran más razonables que otras. Estaba, por ejemplo, al que le preocupaba que estuvieran todavía demasiado alto y quería esperar a que descendieran más; o el que quedaría muy lejos de casa y no sabría cómo llegar; o el que temía que, si se desmayaba por el vértigo, no podría abrir el paracaídas. Y, sin embargo, había una única opción.

Esto no es muy distinto a lo que sucede en nuestras vidas. Todos estamos cayendo. Y, aunque sólo tenemos una opción para salvarnos, muchas veces cuestionamos esa única opción. Nos gustaría que las cosas fueran diferentes. No estamos conformes con el plan de contingencia que Dios nos ofrece, y por eso tenemos para Dios muchas peticiones. Algunas son más razonables que otras. Pero debemos confiar en que el Capitán nos ha provisto de todo lo necesario. Si lo pensamos bien, hemos recibido mucho más de lo que era suficiente.

La parábola entre el centeno

Una parábola, una de esas pequeñas ilustraciones con grandes lecciones morales, puede encontrarla uno donde menos lo espera. ¿Has oído de Holden Caulfield?

Treinta años después de su publicación, El guardián entre el centeno, de J. D. Sallinger, estuvo en la curiosa situación de ser a la vez el libro más censurado y el libro más estudiado en los Estados Unidos. En él se cuenta la historia de Holden Caulfield, un muchacho grosero, problemático, sin amigos, expulsado de cada colegio al que ha ingresado. No tiene una buena relación ni siquiera con sus padres, y su única amiga parece ser su hermana menor, Phoebe.

Y es precisamente durante una conversación con Phoebe, quien lo cuestiona acerca de sus planes para el futuro, que Holden revela cuál es su verdadero sueño, en una escena memorable que le da su nombre al libro:

“Me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría ser.”

La escena me parece hermosa porque muestra que todos, a pesar de nuestros errores y del daño que hemos recibido y causado a otras personas, sentimos de manera natural la necesidad de proteger a quienes corren un peligro que no conocen.

Lo que podemos aprender de esta parábola

Como esos niños corriendo entre el centeno, ajenos al peligro del precipicio, miles de personas a nuestro alrededor viven sin darse cuenta de que el pecado les impide ver los peligros del mundo. Por amor a ellos, nosotros debemos tener la misma aspiración que Holden, y convertirnos en guardianes entre el centeno.