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Las últimas 5 lecciones de Jesús antes de morir

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Jesús de Nazaret era una persona excepcionalmente eficiente, que aprovechaba cada oportunidad para avanzar un paso más hacia su objetivo. Desde una tranquila conversación junto al pozo hasta el mayor contratiempo en una gran boda, Jesús enseñaba con parábolas y con el ejemplo lo que significa seguir a Cristo y alcanzar el Reino.

El día de hoy recordamos su muerte en la cruz, y es momento de reflexionar en las últimas cinco lecciones del maestro. Éstas emergen de cinco situaciones que se presentaron en sus últimas horas de sufrimiento, y que Jesús no desaprovechó para mostrarnos el camino, la verdad y la vida.

5. Mujer, he ahí tu hijo.

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (Juan 19:26-27).

La vida de una mujer viuda no es fácil, especialmente si no tiene hijos que la ayuden. Y en Palestina del siglo I, acaso fuera peor. Por eso Moisés había dejado instrucciones a su pueblo que especificaban la forma en que la comunidad entera debía procurar el bienestar de huérfanos, extranjeros y viudas (por ejemplo, Deuteronomio 24:17-22). Pero, al igual que ocurre en nuestros días, la mayoría no se interesaba mucho por el cumplimiento de las leyes destinadas a la protección de los más desamparados.

Jesús, a punto de morir, sabía que dejaría sola a su madre. Es cierto que los evangelios reportan que Jesús tenía hermanos, pero estos eran probablemente el producto de un matrimonio anterior de José, y no hijos legítimos de María (por lo que los apóstoles la llamaban virgen).

¿Qué hizo Jesús? ¡Encargarse del asunto! En sus últimas horas le pidió a Juan, su discípulo, que la protegiera como a su propia madre, y a María le aseguró que no debía preocuparse, pues sus necesidades estarían cubiertas.

La lección para nosotros es que ninguna condición adversa nos exenta de nuestras responsabilidades con nuestra familia, especialmente con aquellos que dependen de nosotros.

4. Padre, perdónalos.

Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34).

Muchas veces excusamos nuestro débil carácter recordando que Jesús era Dios encarnado, y que por ello era capaz de enfrentar la tentación como nosotros nunca podríamos. Pero no debemos engañarnos. En 1 Corintios 6:9-11 Pablo nos enlista de los tipos de personas que no entrarán en el Reino, y nos advierte que estos pecados de los cuales alguna vez fuimos culpables, no pueden repetirse en la vida del converso.

Perdonar a quien nos ofende es una de las enseñanzas centrales del ministerio de Jesús. Es parte de su oración modelo (Mateo 6:9-13), y se encuentra en el corazón del sermón del monte. Amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos aborrecen, orar por los que nos persiguen (Mateo 5:44).

Jesús no era solo ruido y nada de acción. Él era un hombre que hacía lo que predicaba, y nos lo mostró incluso en el momento más difícil.

3. A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.

Los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él (Marcos 15:31; Mateo 27:41-42).

Sus detractores tenían razón. En su lugar, cualquier otro hubiera obrado un asombroso milagro que lo librara del martirio y les mostrara a todos su gran error. Pero Jesús no lo hizo, por dos razones.

La primera es que creer que Jesús es Dios no es lo mismo que tener fe. Pues incluso los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19), pero la verdadera fe es más que simplemente creerlo. Lo que Jesús buscaba era arrepentimiento de corazón, y, llegados a tales alturas, avergonzarlos públicamente no iba a ser suficiente para conseguirlo.

La segunda razón es que Jesús, de hecho, debía morir. Ésa era la voluntad del Padre, y era también su propia decisión personal. No porque él lo necesitara, sino porque nosotros lo necesitábamos. Era necesario que quien no merecía morir muriera, para que nosotros, que merecíamos la muerte, pudiéramos tener vida. Era necesario que aquel que no conoció pecado fuera hecho pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21).

Todos hemos estado alguna vez en el trabajo, y hemos pensado que nos gustaría estar en cualquier otra parte haciendo cualquier otra cosa. Pero no lo hacemos, porque tenemos la vista puesta en un bien mayor, para nosotros o para nuestra familia. Pues Jesús hizo exactamente eso. No es que le gustara la idea de sufrir, pero lo hizo por amor, sabiendo que nosotros seríamos los depositarios de un gran beneficio: la redención por nuestros pecados y la reconciliación con Dios.

2. Estarás conmigo en el paraíso.

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Uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo hoy, estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23:41-43).

Por si no te has dado cuenta, te diré lo que Jesús hizo con aquel ladrón en las últimas horas de su vida. Lo evangelizó. Le habló del Reino de Dios y le dio esperanza.

El propósito de Jesús en este mundo no era darnos clases de moral, aunque lo hizo, ni vivir sin pecado, aunque lo logró. Estos eran objetivos secundarios. El objetivo principal de Jesús era servir y dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Ésta es la obra del evangelio, la misión que todos, como cristianos, estamos llamados a hacer.

Así que no hay pretexto. Debemos participar en la obra del evangelio. Jesús lo hizo con sus manos y pies clavados a la cruz.

1. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

A la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?, que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Marcos 15:34). Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste (Mateo 27:47). Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed (Juan 19:28). Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle (Mateo 27:48-49). Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró (Lucas 23:46).

¿Qué haces cuando te sientes frágil, cuando tu posición es insostenible y los problemas te sobrepasan? Jesús oró. Sus palabras “¿por qué me has desamparado?” las hemos pensado todos en algún momento. Pero incluso entonces, en el momento de mayor desesperación, Jesús recitaba palabras inspiradas del rey David: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? (Salmos 22:1)” y “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad (Salmos 31:5)”.

El hacerlo, el traer estas palabras a nuestra mente, demuestra que somos hijos de Dios, pues él ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando ¡Abba! ¡Padre! (Gálatas 4:6).

La última lección de Jesús antes de morir fue ésta. Clama a tu Padre en medio de la angustia, y desde su templo oirá tu voz (Salmos 18:6).

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2018). Las últimas 5 lecciones de Jesús antes de morir. Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/las-ultimas-5-lecciones-de-jesus-antes-de-morir

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