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El argumento cosmológico kalam (o de la contingencia del universo)

En su edición del 8 de abril de 1966, la revista norteamericana Time lució una portada que sacudió al mundo. Por primera vez en la historia de la revista, su portada no mostraba la fotografía de un líder político o artista, ni imágenes de ningún otro tipo, sino únicamente tres palabras: ¿Está muerto Dios? En su artículo principal, la publicación abordaba el papel cada vez menor que el concepto de Dios juega en una sociedad cada vez más secular, mientras describía los problemas teológicos modernos y la suficiencia de la ciencia para explicar el mundo natural y nuestras experiencias diarias.

Pero apenas tres años después los editores reconocieron cuán prematura había resultado esa conclusión. Una nueva portada anunciaba una nueva edición con una idea diametralmente opuesta: ¿Está Dios volviendo a la vida?

Time reconocía ahora el creciente interés en la intersección de la filosofía, la ciencia y la teología. En numerosas y prestigiadas revistas académicas de la talla de Nature, el British Journal for the Philosophy of Science y Astrophysics and Space Science, se inició un diálogo acerca de temas filosóficos desde la evidencia científica más reciente con implicaciones teológicas.

Ésta era, de hecho, la continuación de un diálogo de gran tradición histórica. Una impresionante constelación de notables pensadores, como Al- Ghazali, Avicenna, Tomás de Aquino, Gottfried Leibniz y René Descartes, entre muchos otros, han defendido la necesidad de Dios para entender una diversidad de fenómenos, incluyendo la existencia misma del universo. Cualquiera puede, como ellos, hacerse la pregunta más trascendental de todas: ¿por qué existe el universo en vez de nada?

Uno de los argumentos clásicos a favor de la existencia de Dios, el argumento cosmológico kalam, propuesto por primera vez durante la edad de oro del islam, intenta dar respuesta a esta pregunta trascendental. Retomado intermitentemente por diversos apologistas cristianos durante la Edad Media y el Renacimiento, el argumento ha cobrado nueva fuerza de la mano de filósofos contemporáneos como Alexander Pruss, Richard Swinburne y William L. Craig, entre otros. La versión que expondré es adaptada de una formulación que William L. Craig (2010) ha defendido en presentaciones públicas.

Estructura del argumento cosmológico kalam

  1. Si el universo tiene una causa de su existencia, la causa del universo es Dios.
  2. El universo tiene una causa de su existencia.
  3. La causa del universo es Dios.

1. Si el universo tiene una causa de su existencia, la causa del universo es Dios.

Cuando Gottfried Leibniz distinguió entre seres contingentes y seres con aseidad, lo que hacía era considerar la total de posibilidades. En cuanto a su origen, una cosa debió ser formada por o a partir de algo externo a ella (si es contingente), o bien no fue formada por ni a partir de algo externo a ella (si es asei). No cabe otra posibilidad. En la primera categoría encontramos objetos concretos como gallinas, bicicletas o el sistema solar. En la segunda categoría encontramos objetos abstractos como los números naturales y las proposiciones lógicas, y una característica que tienen en común es que, si existen, su naturaleza demanda existencia. Si en una habitación hay dos personas, la situación puede ser descrita con ayuda del número 2, pero el número 2 seguiría existiendo aunque en la habitación hubiera sólo una persona, e incluso si no hubiera ninguna. Nadie creó ese número 2. El número 2 ya estaba listo para ser llamado cuando se lo necesitara.

Decir que el universo es contingente es decir que tiene una causa de su existencia, y que esa causa está fuera de él porque las causas son siempre externas a los efectos. Esto siempre ha sido verificado, nunca refutado, por la ciencia, la filosofía y nuestra experiencia común. Ninguna gallina nace del huevo que ella misma puso. Ningún arquitecto nace en el hospital que él mismo construye en su adultez.

Pero el universo es toda la materia y la energía que existen, y todo el espacio y el tiempo. Entonces la causa de la existencia del universo debe estar fuera del espacio y del tiempo, y debe además ser inmaterial y no requerir energía. Pero todos los objetos concretos son materiales y temporales, tienen energía y ocupan un lugar en el espacio.

Sólo los objetos abstractos, como los objetos matemáticos y las proposiciones lógicas, parecen cumplir con este requisito. El problema es que los objetos abstractos no tienen poder causal ni voluntad para crear. Un conjunto de dos personas puede ser descrito con ayuda del número 2, pero el número 2 es incapaz de producir tal estado de cosas en el que hay personas en una habitación. Incluso la proposición lógica “Hay dos personas en la habitación” puede ser verdadera o falsa, pero no es la proposición en sí misma la causa de ello.

La explicación de la existencia de nuestro universo contingente radica entonces, no en un objeto concreto ni en un objeto abstracto, sino en un ser que trasciende esta distinción. Un ser que existe inmaterialmente, atemporalmente y adimensionalmente. Y el argumento ontológico predice la existencia de un ser con exactamente estas características: el máximo ser concebible (MSC).

Esta idea no únicamente confirma nuestra creencia en la existencia del MSC, sino que añade a nuestro conocimiento de él. Si el universo tuviera una causa de su existencia, el MSC sería su creador. A este ser de suprema grandeza, tal que ninguno superior puede ser concebido, ilimitado, inmaterial, atemporal y adimensional, creador del universo, sería apropiado llamarlo Dios. Así podemos decir que, si el universo tiene una causa de su existencia, la causa del universo es Dios.

¿Por qué Dios y no una raza alienígena, una súper computadora o alguna otra cosa? Si eso es el MSC, si es inmaterial, atemporal, adimensional y tiene el poder para haber creado el universo, realmente es irrelevante cómo lo llamemos. Eso es lo que los teístas entienden por Dios.

2. El universo tiene una causa de su existencia.

Creer que el universo pudo provenir de la nada, sin ninguna razón, es peor que creer en la magia. Pues cuando un conejo sale de un sombrero, debemos admitir que al menos ha habido un sombrero (por no mencionar al mago). Pero nada sale de la nada.

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Éste no es sólo un principio fundamental de la metafísica, sino una creencia básica a partir de la cual se desarrollan otras creencias. Incluso el niño que encuentra una moneda bajo su almohada cree que la ha dejado un hada, o un ratón, o sus padres, pero nunca concluye que ha aparecido de la nada y se conforma con eso.

Además, la nada no es algo con nombre “nada”. La nada no es alta o baja, ni clara u oscura, ni buena o mala. La nada no tiene propiedades que le permitan discriminar qué puede crearse a partir de ella y qué no. Si es posible que algo se genere de la nada, ¿por qué no surgen de la nada todas las cosas, en todo momento, en todo lugar? ¿Por qué no surgen de la nada árboles y casas, planetas y personas? ¿Por qué sólo universos, y por qué sólo uno, y por qué sólo una vez? Ya que la nada no tiene conciencia para tomar decisiones, sólo puede ocurrir una de dos opciones: o nada comienza a existir, o cualquier cosa comienza a existir, sin ninguna razón, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Una objeción comúnmente señalada desde la física de partículas, y defendida notablemente por el físico teórico y activista del ateísmo Lawrence Krauss (2012), es que la nada es inestable y siempre produce algo. La noción de que la nada es inestable sugiere que es imposible que la nada persista, que eventualmente debe producirse algo, y que ese algo decae posteriormente en nada.

Lawrence Krauss es un científico de élite. Hay ciencia real y confiable respaldando su interpretación de los datos experimentales, salvo por una pequeña equivocación de términos. Cuando en teoría cuántica de campos se habla de nada, se habla en realidad de algo (el vacío cuántico) que ha sido bautizado como “nada”. Pero este vacío cuántico no es realmente nada. Es un espacio habitado por ondas electromagnéticas fluctuantes, con una compleja estructura física, cuyas propiedades pueden ser descritas por la mecánica cuántica. Es verdad que el vacío cuántico es lo más cercano a la nada conocido por el hombre. Y sin embargo, no es verdaderamente nada.

Esta confusión de conceptos es semejante a un episodio que Homero narra en la Odisea. En el canto IX, Ulises cuenta que al llegar a la isla de Polifemo es capturado con sus compañeros. Viendo con horror cómo el cíclope los devora uno a uno, Ulises lo engaña para embriagarlo y, en medio de la borrachera, cuando Polifemo le pregunta su nombre, éste responde que su nombre es Nadie. Más tarde, mientras Polifemo duerme, Ulises clava una lanza en su gran ojo, y entonces llega la culminación del plan maestro. Al escuchar los aullidos de Polifemo, sus vecinos alarmados le preguntan si está en problemas, a lo que Polifemo contesta: ¡Nadie me mata! Los otros cíclopes razonan entonces: ¿Por qué grita si nadie lo mata? Si se ha vuelto loco, no hay nada que podamos hacer; y si es un castigo de los dioses, nos conviene no entrometernos. En cualquier caso, lo mejor que podían hacer era alejarse de allí. Orgulloso de su ingenio, el héroe grita desde lo lejos: ¡Cíclope tonto! ¡No soy Nadie, sino Ulises!

En resumen, pues, no hay evidencia científica que contradiga nuestro sentido común: algo que comienza a existir tiene una causa que explica su existencia.

Tradicionalmente, la postura del ateísmo ha sido que el universo es eterno y que simplemente existe, sin explicación alguna. Eminentes filósofos desde Parménides de Elea hasta Bertrand Russel, y científicos de la talla de Roger Penrose y Stephen Hawking, han afirmado la eternidad del universo, pero esto parece filosóficamente insostenible.

Imagina un número infinito de tarjetas numeradas 1, 2, 3, … Si a la colección le quitamos todas las tarjetas con número par (2, 4, 6, …), aún quedarán todas las tarjetas con número impar (1, 3, 5, …). Es decir, si de un número infinito de tarjetas sustraemos un número infinito de tarjetas, nos queda un número infinito de tarjetas. Si ahora, en vez de quitar todas las tarjetas con número impar, retiramos todas las tarjetas con número mayor que 4 (es decir 5, 6, 7, …), nos quedarán sólo cuatro tarjetas (1, 2, 3, 4). En otras palabras, si de un número infinito de tarjetas sustraemos un número infinito de tarjetas, nos queda un número finito de tarjetas. ¡Dos ejercicios aritméticamente idénticos nos conducen a resultados contradictorios!

Es por ello que en aritmética, aunque se permiten la suma y la multiplicación con el infinito, están prohibidas las operaciones de sustracción y división con el infinito. Pero si el universo fuera eterno, habrían sucedido un número literalmente infinito de eventos desde la eternidad pasada hasta nuestros días, y cualquiera puede operar con cantidades reales de cualquier manera, incluso sustrayendo y dividiendo. Visto de esta manera, el infinito no puede ser real.

Otro ejemplo que ayuda a ilustrar este punto es el número de vueltas que dos planetas completan alrededor de su sol en un tiempo determinado. Supón que un planeta interior completa dos vueltas en un año, y que en el mismo intervalo de tiempo un planeta exterior completa sólo una vuelta. En dos años, el planeta interior ha completado cuatro vueltas y el planeta exterior ha completado apenas dos. En tres años, el planeta interior ha completado seis vueltas, pero el planeta exterior ha completado únicamente tres. Cada año, la diferencia entre el número de vueltas que completan uno y otro se incrementa. Al cabo de diez millones de años, la diferencia se habrá incrementado enormemente: el planeta interior acumulará diez millones de vueltas más que el planeta exterior. Pero si se deja transcurrir el tiempo literalmente hasta el infinito, ambos planetas habrán completado exactamente el mismo número de vueltas: infinito. Esto suena absurdo, pero es justamente lo que ocurre en la aritmética con transfinitos.

Imagina ahora una hilera infinitamente larga de dominós que representan todos los eventos sucedidos desde la eternidad hasta el presente. Para que caiga el dominó que representa el día de hoy, antes debe haber caído el que representa el día de ayer. Para que caiga el dominó que representa el día de ayer, antes debe haber caído el que representa el día de anteayer. Para que caiga cualquier dominó en particular, antes debe haber caído el dominó anterior a ése. Pero siguiendo cada eslabón en esta interminable cadena, es imposible llegar al dominó en el extremo de la eternidad, de manera que nunca podemos encontrar un dominó que caiga, y por lo tanto no puede caer el dominó que representa el día de hoy. ¡Pero el día de hoy está ocurriendo justo en este momento! ¡¿Cómo es eso posible?!

No debes pensar, que estos problemas surgen de no entender el concepto de infinito. Al contrario, los matemáticos conocen muy bien el concepto. Lo usan para resolver problemas reales, entendiendo procesos complejos como la sucesión infinita de cambios infinitamente pequeños. Y es su entendimiento del infinito lo que los lleva a concluir que el infinito actual (la cardinalidad de un conjunto infinito de objetos, llamado así en español por una desafortunada traducción del inglés actual infinity) es un absurdo lógico. Es una idea en nuestra mente, un concepto útil, pero nada más.

El gran David Hilbert, uno de los matemáticos más notables de los últimos doscientos años, ilustró este hecho por medio de un hotel ficticio de infinitas habitaciones.

Resulta que este hotel, teniendo un número infinito de habitaciones, se anunciaba como siempre vacante, por lo que muchísimos turistas comenzaron a abarrotarlo. A tal punto llegó su fama, que pronto un número infinito de huéspedes se alojaron en sus infinitas habitaciones, llenándolo por completo, cuando un nuevo cliente llegó a la recepción. “¡No hay problema!” Dijo el recepcionista, y pidió al huésped de la habitación 1 que se trasladara a la habitación 2, al de la habitación 2 que se trasladara a la habitación 3, y así sucesivamente a cada uno de ellos. Cuando hubo terminado el proceso, el nuevo cliente pudo hospedarse en la habitación 1. ¿Y qué ocurrió con el que estaba en la última habitación? Sencillamente no hay última. ¡Las habitaciones son infinitas!

Otro día, estando las habitaciones llenas, llegó a la recepción una excursión de infinitos turistas, todos pidiendo habitación para esa noche. “¡No hay problema!”, dijo el recepcionista, y pidió a cada huésped que multiplicara por 2 el número de su habitación y se trasladara a ese número. Así quedaron libres todas las habitaciones con número impar y hubo espacio disponible para alojar la infinidad de nuevos clientes.

Hilbert era un matemático brillante que entendía muy bien el infinito. Su propósito con esta paradoja era mostrar cómo el infinito actual es tan ficticio como un hotel de infinitas habitaciones.

Pero hay también evidencia científica suficiente para rechazar la idea de la eternidad del universo. La segunda ley de la termodinámica, por ejemplo, que describe el concepto de entropía, puede interpretarse como la irreversibilidad del consumo de energía utilizable en un sistema cerrado. El universo tiene una cantidad finita de energía útil que está consumiéndose a cada segundo, y no es difícil notar que, si el universo tuviera un pasado infinito, la energía utilizable ya se habría agotado y nosotros no estaríamos aquí para discutir acerca de la eternidad del universo.

Por si esto fuera poco, la ciencia del siglo pasado produjo un desfile de notables avances en nuestro entendimiento del universo.

En 1916, Albert Einstein publica su teoría general de la relatividad, en la que deduce una de las ecuaciones más famosas de la historia y que relaciona la materia con la energía. Tomando como punto de partida las ecuaciones de Einstein, Georges Lemaître predice en 1927 que el universo no existe (lo cual es claramente falso), o bien, que el universo está en un proceso de expansión.

La idea de que el universo está expandiéndose resultaba extraña, pero en 1929 Edwin Hubble detectó lo que llamamos corrimiento al rojo, una expresión del efecto Doppler en ondas electromagnéticas. Básicamente, Hubble notó que la luz proveniente de todas las galaxias observables se percibía más “rojiza” de lo que su composición permitía predecir, lo que significa que las galaxias se están alejando unas de otras, todas a la vez.

En 1965, Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron una radiación constante e isotrópica, es decir, igual en todas direcciones, lo que indicaba que algún tipo de gran explosión debió ocurrir en los inicios del universo, cuando la materia estaba concentrada en un espacio reducido.

Esta acumulación de eventos catapultó la teoría del Big Bang hacia la cima de las preferencias en círculos académicos, convirtiéndose en el modelo cosmológico más aceptado. Hoy en día, al Big Bang se lo llama el modelo estándar, y una de sus principales características es que afirma que el universo tuvo un principio.

Numerosos modelos alternativos han sido propuestos para evitar el inicio absoluto del universo: oscilatorios, de fluctuación del vacío, de inflación eterna… Sin embargo, en 2003, Arvin Borde, Alan Guth y Alexander Vilenkin probaron matemáticamente que cualquier universo que, en promedio, se expande a lo largo de su historia ha tenido un inicio absoluto.

De manera que no hay alternativa. No importa si éste es uno de muchos universos en una cadena de expansiones y contracciones, o si es parte de un gran multiverso. Debemos aceptar el hecho de que la realidad de espacio-tiempo-materia-energía no tiene un pasado infinito, sino que comenzó a existir.

3. La causa del universo es Dios.

Hasta donde sabemos, hasta donde la ciencia y la filosofía pueden ayudarnos, la mejor explicación para la existencia del universo es un ser supremo, ilimitado y con un gran poder creador, al cual los teístas llamamos Dios. Ésta no es una salida fácil, una respuesta ante lo que ignoramos, sino una conclusión que procede de lo que sí sabemos. Sabemos que el universo comenzó a existir, y sabemos que las causas son siempre externas a los efectos. Esto es lo que sabemos. De allí concluimos que el universo tiene una causa inmaterial, atemporal, adimensional, con un gran poder creador y la capacidad de tomar decisiones (como la de crear un universo).

Es posible que haya efectos que no tengan una causa externa, que no hayamos considerado todas las alternativas, pero eso no lo sabemos. Creer universo no tiene una causa externa sería creerlo por ignorancia. Es posible que en el futuro la ciencia descubra algo más, que indique que el universo es eterno, pero eso no es lo que nos dice ahora. Creer que el universo es eterno sería ignorar voluntariamente la mejor evidencia que tenemos. Hay científicos que trabajan en nuevos y mejores modelos cosmológicos. Ésa es la labor del científico, formularse nuevas preguntas y producir mejores respuestas. Esto nos permitirá entender mejor el universo en que vivimos. Pero rechazar un argumento deductivo aferrados a la esperanza de lo que la ciencia algún día descubra es comportarse de manera anticientífica.

La ciencia avanza continuamente, revisa sus propias teorías y sus propios métodos, y muchas veces refuta antiguas conclusiones. Pero eso no significa que no debamos creer nada ante la sospecha de que algún día la evidencia sea otra. Esto no es lo que la ciencia promueve. De ser así, no podríamos creer. Nada. Nunca.

Referencias

Borde, A., Guth, A., y Vilenkin, A. (2003). Inflationary space-times are not past-complete. Physical Review Letters 90, 151301.

Craig, W. (2010). On guard: Defending your faith with reason and precision. Colorado: David C. Cook.

Krauss, L. (2012). A universe from nothing: Why is there something rather tan nothing. Nueva York: Free Press.

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2018). El argumento cosmológico kalam (o de la contingencia del universo). Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/argumento-cosmologico

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