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Categoría: Preguntas honestas

¿Celebramos fiestas paganas?

Apenas el mes pasado escuchaba la historia del mole poblano, ese platillo típico mexicano, creado durante la época colonial con el propósito de complacer y honrar al virrey de la Nueva España. Mientras escuchaba la historia del mole me puse a pensar cómo, cuando se sirve en una boda o un cumpleaños, nadie cree que esto tenga una connotación política o filosófica. Es sólo mole. Algo sabroso para comer. Y eso me hizo pensar en esta controversial pregunta. Leer más

¿Monesvol y la Isla perdida desacreditan la existencia de Dios?

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Muchos críticos de la teología natural han señalado que, aunque el argumento ontológico es difícil de refutar, es posible mostrar su falsedad por las conclusiones absurdas a las que puede llevarnos. Y, para ilustrarlo, han producido ingeniosos ejemplos, como la Isla perdida y el Monstruo de espagueti volador (Monesvol).
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¿Sabe Jesús el día de su venida?

De acuerdo con el Cristianismo, Dios, además de ser el creador de todo lo que existe, posee atributos superlativos. Estos son perfección moral, omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia. En resumen, lo que el cristiano afirma es que Dios es el máximo ser concebible. Pero esto implica, en el Cristianismo, que Jesús de Nazaret debía haberlo sabido todo en todo lugar y momento. Sin embargo, Jesús declaró ignorar información relacionada con los tiempos finales. ¿Sabe Jesús el día de su venida? Y si no lo sabe, ¿no implica esto que Jesús no posee todos los atributos de la Divinidad?

Ésta es una fuente común de confusión, no porque la enseñanza de Jesús mismo al respecto no sea clara, sino porque, como humanos, es difícil concebir que una persona sea verdaderamente Dios y a la vez verdaderamente hombre. De hecho, esta declaración en Mateo 24:36 es una de las razones por las que, incluso algunos grupos que se consideran a sí mismos cristianos, niegan la divinidad de Jesús de Nazaret, como es el caso de los Testigos de Jehová.

¿Qué quiere decir que Dios posea omnisciencia?

Cuando sentimos adentrarnos en un asunto complicado, conviene siempre definir los términos clave tan precisamente como nos sea posible. Así podremos identificar dónde radica realmente el problema. Permíteme, pues, la siguiente definición: Una persona S es omnisciente si y sólo si para cualquier proposición lógica P que es verdadera, S cree P, y S no cree que no ocurre que P.

Ya que la omnisciencia es una propiedad esencial de Dios, y que nunca ha habido un momento en el cual Jesús no posea una naturaleza divina, como cristianos aseguramos que Jesús fue omnisciente incluso durante su estado de humillación terrenal. Es decir, nunca ha habido alguna proposición P verdadera que Jesús no crea, y en ningún momento ha ocurrido que Jesús no crea una proposición P verdadera. Pero así como cualquiera de nosotros cree muchas más proposiciones de las que es consciente en un determinado momento, Cristo no necesita estar consciente de todo su conocimiento en todo momento para ser omnisciente.

Omnisciencia inconsciente

De manera que gran parte del conocimiento divino de Jesús pudo ser subliminal durante su vida terrenal. Después de todo, Jesús adoptó una naturaleza humana además de su naturaleza esencialmente divina, por lo que no es difícil pensar que su estado de conciencia humana funcionara igual que cualquier otra conciencia humana en este sentido.

Usualmente, aunque no siempre, la mayoría de nosotros podemos recuperar la información almacenada en nuestra memoria cuando la necesitamos. Y, si Cristo es el máximo ser concebible que creemos que es, él también pudo haber traído a su consciencia todo lo que sabía. Sin embargo, prescindió de hacerlo en varias ocasiones, por ejemplo en Mateo 24:36. De manera que es perfectamente posible pensar que Jesús hubiera sido capaz de traer a su consciencia todo su conocimiento. Pero ello no implica que necesariamente todo su conocimiento deba ser consciente en todo momento.

Debemos recordar que, para que el ser humano alcanzara la salvación por justicia, era necesario que Dios tratara como pecador al que no cometió pecado (2 Corintios 5:21). Para que Cristo pudiera hacer lo que ningún pecador y ningún animal sacrificado, cargar con la culpa por los pecados del mundo, Él aceptó y adoptó voluntariamente una naturaleza humana, pero con ella aceptó pensar a través de una consciencia humana.

¿Qué hay del Espíritu Santo?

De hecho, queda todavía un pendiente que haríamos bien en explicar. En Mateo 24:36 Jesús afirma que, en cuanto al día y la hora del regreso del hijo del Hombre, nadie lo sabe. ¡Ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre! ¿Acaso Jesús está incluyendo al Espíritu Santo en su afirmación? Pero, si entendemos que el Espíritu ignora el día del regreso de Jesús, ¿qué nos impide interpretar también que, según Mateo 11:27, el Espíritu no conoce al Padre ni al Hijo? ¿Y que, además, el Espíritu Santo ha pecado, de acuerdo con Romanos 3:23?

Pero Pablo no nos permite esta conclusión, pues en 1 Corintios 2:11 escribe que el Espíritu de Dios conoce los pensamientos de Dios. Lo que Jesús está afirmando, pues, es que, así como los sirvientes no conocen los secretos de su señor (ilustración que, de hecho, usa inmediatamente después, en Mateo 24:45-50), ningún ser creado conoce la fecha que Dios ha preparado para su regreso. Esto no lo saben ni los hombres ni los ángeles, que son siervos de Dios. Y tampoco el Hijo, que voluntariamente se somete al Padre en favor de nuestra salvación.

Referencias

La Atalaya. (2009). ¿En qué sentido son uno Jesús y su Padre? Recuperado de: https://www.jw.org/es/publicaciones/revistas/wp20090901/en-qu%C3%A9-sentido-son-uno-jes%C3%BAs-y-su-padre/

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2017). ¿Sabe Jesús el día de su venida? Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/sabe-jesus-el-dia-de-su-venida

¿Es el mismo Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo?

Las enseñanzas que deja cada historia son tan distintas que uno llega a dudarlo. El Dios estricto del AT es implacable. Castiga cualquier ofensa a su nombre o a sus elegidos con la muerte, y nos enseña que debemos retribuir a cada quien según sus obras: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. El Dios amante del NT extiende su misericordia hacia todos para rescatarlos de la muerte. Nos enseña a no juzgar, a poner siempre la otra mejilla, a perdonar cualquier ofensa, a amar incluso a nuestros enemigos, y a entregarnos por el prójimo así como su hijo se entregó por nosotros. ¿Podrían dos seres exhibir un carácter más distinto?

Si Dios es un ser perfecto no hay nada que pueda cambiar para ser mejor, y, si algo cambiara en él, lo haría siempre para mal. Si Dios llegara a cambiar de opinión sobre algo, entonces podemos estar seguros que, o antes de ese cambio Dios no era perfecto, o Dios dejó de ser perfecto a partir de ese cambio. Incluso es posible que Dios no hubiera sido perfecto ni antes ni después. Lo que no parece posible es pensar que Dios haya cambiado de opinión y, sin embargo, sea invariablemente perfecto.

¿Cómo explicar, entonces, las diferencias entre el carácter de Dios como se muestra en el AT y en el NT? El Dios del AT es duro e inconmovible. El Dios del NT es tierno y compasivo. La diferencia es ejemplar en la instrucción que el Dios del AT deja a su pueblo de apedrear a las mujeres adúlteras, en comparación con el Dios del NT que defiende a la mujer adúltera de sus acusadores y perdona sus pecados. Si lo correcto era perdonar, no debió ordenar la lapidación en primer lugar.

Es cierto que los autores bíblicos no difieren en su descripción de Dios, pero sus juicios llegan a ser diametralmente opuestos. ¿Cómo puede un Dios perfecto ser tan inconsistente?

La perfección de Dios

Jesús nos deja una clave cuando enseña que Moisés instruyó muchas cosas, por instrucción de Dios, a pesar de que esto no reflejaba la voluntad perfecta de Dios, sino debido a la dureza de corazón de los hombres (Mateo 19:8), que, de otra manera, se hubieran rebelado.

Por supuesto, si Dios es perfecto, no puede cambiar para bien, pues no hay forma de mejorar lo perfecto; y tampoco puede cambiar para mal, pues seguramente aquello que es perfecto es capaz de prevenir cualquier variación perjudicial de su propia naturaleza. Pero es posible que algo cambie de manera neutral con respecto a su valor. Por ejemplo, a las 3 de la tarde de México Dios piensa, correctamente, que son las 3:00 p.m. en México. Pero un minuto más tarde Dios ha dejado de creer que son las 3:00 p.m., y ahora cree que son las 3:01 p.m.

En este sentido, el estado del conocimiento de Dios cambia constantemente, pero no es para bien ni para mal. Dios es tan perfecto al creer que son las 3:00 p.m. cuando son las 3 en punto de la tarde, como lo es al creer que son las 3:01 p.m. cuando pasa un minuto de las 3 de la tarde. Asimismo, Dios estaría equivocado si en este momento creyera que Enrique VIII es rey de Inglaterra, aunque estaba en lo cierto cuando lo creía hace quinientos años; y está en lo cierto el día de hoy si cree que Enrique VIII fue rey de Inglaterra. Es necesario que la conciencia de Dios permita variaciones en el tiempo si ha de conservar su omnisciencia de un mundo cambiante.

Cuando la Biblia afirma que Dios no cambia, se refiere más bien a la inmutabilidad de su voluntad y su carácter (Malaquías 3:6; Santiago 1:17), y de su fidelidad y su propósito para nosotros (Salmos 119:89-90; Hebreos 6:17-18). Naturalmente, puesto que nosotros cambiamos y también las condiciones en que nos encontramos, la voluntad de Dios puede expresarse de distintas maneras. Habrá otros medios que permitan alcanzar su propósito, lo que nos lleva a percibir otros rasgos de su carácter y otras consecuencias de su fidelidad.

Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo

Dicho esto, es falso que el Dios del AT sea un juez inmisericorde, distinto del Dios amoroso que pasa por alto nuestras faltas. La misericordia de Dios se muestra en el AT en las palabras dichas a Ezequiel: ¿Acaso quiero yo la muerte del impío? ¿No vivirá, si se aparta de sus malos caminos? Yo no quiero la muerte del que muere. ¡Convertíos, pues, y viviréis! (Ezequiel 18:23, 32). Y el diálogo con Jonás es igualmente revelador: ¿No tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda? (Jonás 4:11).

En el NT, la justicia implacable del Dios amoroso se revela en la pasión de Jesús. El castigo debido a nuestros pecados fue ejecutado plenamente en el cuerpo de Jesús, de manera que el hombre tuviera una esperanza sin que el pecado quedara impune. Pero el sacrificio expiatorio no beneficia a quien persiste en su hipocresía, y esto queda bastante claro en el castigo ejemplar que reciben Ananías y Safira (Hechos 5:1-11).

Un breve estudio de caso: La mujer adúltera

Pero un caso de interés especial es el del juicio que Dios delega en el pueblo de Israel y el perdón que Jesús enseña durante su ministerio. Cuando recordamos la historia de la mujer adúltera debemos notar dos cosas. En primer lugar, ambos, la mujer y el hombre adúlteros, debían recibir la misma condena, pero el pueblo trajo únicamente a la mujer delante de Jesús. Esa era una razón importante para anular el juicio, pues de acuerdo con la ley de Moisés, el juicio debe llevarse a cabo con total imparcialidad y suspenderse en caso de inhabilidad por parte de los jueces para garantizar esa condición (Deuteronomio 1:17).

En segundo lugar, en los tiempos de Moisés, el pueblo de Israel tenía el privilegio de ejecutar el juicio de Dios debido a que, habiendo dado oído a la voz de Dios y guardando el pacto (Éxodo 19:5), era tenido por Dios como “un reino de sacerdotes y gente santa” (Deuteronomio 19:6). Por medio de su purificación a través del desierto y del arrepentimiento constante por cada falta que cometían, los israelitas eran testigos de Dios por dondequiera que andaban, y para preservar su estado seguían reglas estrictas con penas severas que ellos mismos podían sancionar. El pueblo debía aprender a mantenerse puro y sin mancha.

Cuando Jesús pregunta quién de los acusadores está sin pecado para arrojar la primera piedra, lo que hace es recordarles que ya no son un pueblo santo, puro y perfecto, y que su autoridad para juzgar y ejecutar condenas ha sido derogada. Si se dispusieran a eliminar el pecado de su gente, todos tendrían que morir. Y debido a esto Jesús perdona a la mujer adúltera. Teniendo la intención de salvar muchas almas, Jesús no podía iniciar el juicio contra una sola mujer sin terminar condenando al pueblo entero. En aquella ocasión Jesús mostró compasión por la mujer y por todo su pueblo. A fin de cuentas, el castigo por los pecados de la mujer adúltera y de sus acusadores los llevaría igualmente sobre sí mismo en la cruz.

No es verdad, por lo tanto, que el Dios del AT sea más severo o que el Dios del NT sea más complaciente. Dios es perfecta justicia y perfecta misericordia. Tal era el mensaje de Jesús, quien no veía contradicción alguna entre las enseñanzas de Moisés y los profetas y sus propias enseñanzas, basadas en el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo.

Referencias

Got Questions Ministries. ¿Por qué Dios en el Antiguo Testamento es tan diferente al que es en el Nuevo Testamento? Recuperado de: https://www.gotquestions.org/espanol/dios-diferente.html

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2017). ¿Es el mismo Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo? Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/dios-en-el-antiguo-testamento-y-en-el-nuevo

¿Quién creó a Dios?

Quizá te has preguntado alguna vez por qué existimos. Y no sólo nosotros, sino por qué existe cualquier cosa. No parece absurdo suponer que, si mi existencia no es necesaria, ni la de mi casa, ni la de mi perro, ni la del árbol que está en el parque, ni la de este planeta, ni la de toda la galaxia… entonces era bien posible que no hubiese existido nunca nada. Al fin y al cabo, todo está hecho de átomos, y ningún átomo parece tener nada de especial. Bien, si te has puesto a pensar alguna vez sobre esto, ¡felicidades! Tienes algo en común con Gottfried Leibniz, uno de los grandes pensadores de la humanidad.

Leibniz, famoso por haber desarrollado el cálculo infinitesimal al mismo tiempo, pero de manera independiente, que Isaac Newton, se preguntaba por qué existe algo en vez de nada, y concluyó que todo lo que existe lo hace o por contingencia o por aseidad; es decir, o por consecuencia de una causa externa o por necesidad de su propia naturaleza.

¿Por qué existen las cosas?

La mayoría de los seres tenemos una causa de nuestra existencia, y ésta puede ser:

  • Una causa material (un objeto es una combinación o modificación de sustancias previamente existentes, como la mesa se compone de madera).
  • Una causa eficiente (un objeto es el producto final de una secuencia de eventos durante un proceso, como la mesa es el trabajo de un carpintero) .
  • Una causa formal (un objeto es definido por la función que cumple, como la mesa es cualquier tabla de piedra o madera que se usa para comer sobre ella).

De hecho, todos los objetos de la realidad pudieran ser explicados por al menos una de estos tres tipos de causa, con excepción de Dios.

Pero, ¿cómo es eso? Si Dios creó el universo, ¿quién creó a Dios? ¿Cómo llegó a ser quien es? ¿Cuál es la causa de su existencia?

Dios: el creador no creado

Dios no puede tener una causa que sea externa a él, pues, si así fuera, entonces él dependería de lo que sea que lo haya causado, y esto, además de ser absurdo (pues Dios tendría que haber creado aquello que, a su vez, lo creó a él), sería incompatible con el concepto de Dios como máximo ser concebible. Entonces, la explicación de Dios debe ser interna, es decir que Dios existe por necesidad de su propia naturaleza. Si Dios existe, entonces Dios es metafísicamente necesario. El argumento ontológico parte precisamente de esta idea para probar que, si es posible que el máximo ser concebible exista, entonces necesariamente el máximo ser concebible existe.

Piensa, por ejemplo, en un triángulo. Un triángulo es una figura bidimensional cuya frontera geométrica consiste en tres segmentos de recta que coinciden, de dos en dos, en tres vértices. Al mirar a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que los triángulos, así definidos, no pueden existir como objetos concretos en la realidad. Salvo en nuestra imaginación, no hay figuras que sean absolutamente bidimensionales, o líneas que sean perfectamente rectas. Pero reconocemos que, si en alguna parte existiera un triángulo, éste sería absolutamente bidimensional y sus lados serían perfectamente rectos. Esto es así porque ésa es la naturaleza del triángulo.

De manera análoga, la naturaleza de Dios como máximo ser concebible implica su existencia independiente de toda otra cosa. Entonces, si Dios existe, su existencia es necesaria según su propia naturaleza. Si hubiera sido creado o tuviera una causa externa a él, si su posición como Dios fuera consecuencia de eventos anteriores, o si su esencia fuera la composición de sustancias previas, entonces no sería realmente Dios. A este atributo de Dios (según el cual Dios existiría aun si no hubiera universo ni personas, ni espacio, ni tiempo, ni materia, ni energía) se le conoce como aseidad. Así como un triángulo no podría no tener tres lados, Dios no podría no existir.

Aunque la idea parece antinatural, históricamente muchos pensadores han creído que otros objetos poseen el atributo de aseidad. Por ejemplo, Platón creía que los objetos abstractos, como los números y las figuras geométricas, existen de manera independiente a toda otra realidad, y que simplemente están allí, en su mundo de las ideas, desde la eternidad hasta la eternidad y sin ninguna razón. Carl Sagan declaró que “el cosmos es todo lo que hay, todo lo que hubo y todo lo que alguna vez habrá” (en Andorfer y McCain, 1980). Los cristianos rechazamos esta postura, y creemos sólo Dios posee aseidad, que él es el único creador no creado, el artífice de todos los artefactos.

Referencias

Andorfer, G., y McCain, R. (Productores), Malone, A. (Director). (1980). Cosmos – Episodio 1: En la orilla del océano cósmico [Documental]. Estados Unidos: Public Broadcasting Service.

Citación sugerida

Olvera Ventura, A. (2017). ¿Quién creó a Dios? Recuperado de: http://www.torcacita.com/blog/por-que-existe-dios/

¿El Hijo es inferior al Padre?

Algunos pasajes en el Nuevo Testamento parecen indicar que la naturaleza del Hijo es estar subordinado al Padre. Por ejemplo, Pablo dice en 1 Corintios 15:20-28 que la misión del Hijo es suprimir todo dominio, autoridad y potencia y entregarla al Padre, y que el Hijo mismo se sujetará al Padre. En la oración que Jesús hace en Juan 17, declara que su potestad la ha recibido del Padre, y que vino al mundo a hacer una obra que el Padre le envió a hacer. Y ya antes había admitido “el Padre mayor es que yo” (Juan 14:28). Pero ¿no entra esto en conflicto con algunas creencias del Cristianismo? En particular, la doctrina de la Trinidad afirma que el Hijo comparte, con el Padre y con el Espíritu, una misma naturaleza divina. ¿Cómo, pues, puede uno ser inferior a otro, y al mismo tiempo ser igual?

Hay diferentes opiniones al respecto. Una interpretación extendida de este pasaje es la que se concluyó en el Concilio de Nicea I, según la cual Jesús es y ha sido desde la eternidad engendrado como el Hijo de Dios: Jesucristo es engendrado, no creado, de una sustancia con el Padre, y procede del Padre como un rayo de luz procede del Sol. El rayo de luz procede inmediata y necesariamente desde la existencia del Sol, pero no es creado por el Sol, pues no hay un instante anterior al rayo de luz en que el Sol exista y lo produzca. En esta interpretación, el Padre es fuente de quien proceden el Hijo y el Espíritu.

Pero hay al menos otra interpretación, en la que el Hijo y el Espíritu no proceden del Padre, sino que las tres personas de la Deidad son tres miembros no derivados. En esta visión, deberemos distinguir la Trinidad ontológica de la Trinidad económica. La Trinidad ontológica se refiere a Dios tal como es, en su propia naturaleza sin relación con lo que ha creado. Ontológicamente, las tres personas en la Deidad son perfectas, iguales, y no se encuentran en relaciones de subordinación entre ellas. La Trinidad económica se refiere a la relación de Dios con sus criaturas. Y es con respecto a sus criaturas que, al adoptar una naturaleza humana en favor de nuestra salvación, la segunda persona de la Deidad se somete a la primera, y la tercera persona actúa en sustitución de la segunda, continuando con el ministerio del Hijo entre su asunción y su segundo advenimiento. Así que bajo el enfoque económico de la Trinidad, las personas de la Deidad se involucran en relaciones de subordinación.

La inferioridad del Hijo con respecto al Padre es, entonces, meramente funcional, y no de valor. En una familia humana, por ejemplo, las vidas del padre, de la madre y de los hijos son igualmente valiosas: todos ellos son seres humanos. Pero los padres de familia cumplen funciones que los hijos, por su desarrollo físico, emocional e intelectual, no pueden desempeñar. Además, debido a las muchas necesidades del hogar, los padres deben diseñar un plan que les permita trabajar como equipo y de manera eficiente. Los padres tienen autoridad sobre los hijos porque su responsabilidad reclama autoridad para delegar tareas y tomar decisiones. Idealmente, los hijos entienden esta situación y aceptan cumplir su parte en favor del buen funcionamiento familiar.

Lo que es importante es entender que subordinación no implica inferioridad. El Hijo y el Padre son iguales en todo respecto, pero por amor a nosotros y en favor de nuestra salvación, el Hijo se somete al Padre. Así, la Trinidad nos provee un hermoso modelo de la familia, en la cual la esposa, aun siendo igual con su esposo, voluntariamente se somete a él en favor de un bien mayor. Los feministas que denuncian este tipo de sumisión en términos de desigualdad, aunque con motivos históricos y sociales reales, no alcanzan a ver que la sumisión funcional no necesariamente procede de inferioridad sino de una misión común.

¿Cómo puede un Dios bueno condenar a alguien?

¿Por qué hasta el más pequeñito de los pecados amerita la muerte? Está claro que juntar miles de judíos en cámaras de gas con la intención de exterminar a toda una raza es algo perverso y amerita un gran castigo. Un crimen trascendental como ése exige un castigo trascendental, pues la culpa de atentar contra el valor de la humanidad no puede  pagarse en una sola vida humana. Pero, ¿robarse una paleta amerita una sentencia definitiva con consecuencias eternas? ¿Decir una mala palabra? ¿Tan sólo pensar esa mala palabra? ¿No descansar un día de la semana? ¡Parece una reacción desmedida! ¡¿Qué pasó con eso de que a cada acción corresponde una reacción de igual magnitud?!

Es interesante, a pesar del anterior comentario, que podríamos plantear la situación contraria. ¿Cómo puede un Dios santo perdonar a alguien que merece ser castigado? ¿Cómo puede un Dios justo aceptar a un pecador e incluso recompensarlo con un bien infinito? Desde nuestra perspectiva, la preocupación es ser castigado por un Dios perfectamente bueno, pero es igualmente problemático pensar en ser perdonados por un Dios perfectamente justo. La misericordia y la justicia son atributos igualmente necesarios en un ser moralmente perfecto.

Piensa en este ejemplo de la vida real: Jeffrey Dahmer fue un asesino serial, responsable de al menos 17 muertes, incluyendo menores de edad. Dahmer secuestró, torturó, abusó sexualmente e incluso practicó canibalismo con sus víctimas antes de ser capturado. Inesperadamente, estando preso recibió visitas de un grupo de cristianos y aceptó el Evangelio, poco antes de ser asesinado por un compañero de prisión. Según el Cristianismo, cuando el Cristo vuelva lo tomará consigo al cielo, pues es lo que Dios promete a los que se convierten. Pero si algunas de sus víctimas no eran creyentes cuando fueron secuestradas, torturadas y asesinadas, ellas no estarán en el cielo con Dios, sino que recibirán el castigo eterno.

De manera que, en tanto un hombre culpable puede ir al cielo, sus víctimas no sólo han sufrido en vida, sino que serán sentenciadas de manera definitiva. La diferencia entre el criminal y sus víctimas es que en prisión el criminal tuvo la oportunidad de arrepentirse, pero él probablemente no dio a sus víctimas esa oportunidad. ¡Cómo puede ocurrir esto en un mundo creado por un Dios perfecto!

La respuesta es sencilla, aunque no siempre es fácil de aceptar, especialmente si algo como esto ha sucedido a alguien cercano. La mayoría de quienes no son cristianos, y muchos cristianos también, parecen creer que la Biblia enseña que la salvación del pecado y la reconciliación con Dios son resultado de nuestras acciones, como el amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos o creer en Jesús. Pero esto es un error terrible. Lo que el Cristianismo bíblico enseña es que la salvación se debe completamente a la gracia de Dios, es decir a un favor de su parte que nosotros no merecemos. No hay nada que podamos hacer para ganar el perdón de Dios y merecer la vida eterna. La Biblia dice que todos nuestros intentos de justificación son como trapos inmundos ante la santidad de Dios. De manera que si Dios actuara con absoluta justicia, y sin misericordia, todos los hombres, mujeres y niños, estaríamos condenados. No tendríamos oportunidad alguna al presentarnos frente a un Dios de justicia implacable e inconmovible. Si Dios ha de salvar a alguien, necesariamente ha de hacerlo por misericordia, y aquéllos que no la obtengan no pueden quejarse de ser castigados injustamente, pues todo condenado es castigado según los méritos de sus malas obras.

El problema, entonces, no es con la ejecución de la justicia, sino con la ejecución del perdón. Debes reconocer que, cuando el oficial de tránsito detiene a un infractor, y éste le reprocha que otros muchos han faltado igual que él, lo que resulta problemático es el motivo por el cual hay infractores que no son castigados, porque castigar al infractor no tiene nada de injusto. Pero la Biblia dice que Dios es tan amoroso como es santo. Y así como la justicia es una expresión de su santidad, la misericordia es una expresión de su amor. Ya que Dios es amor, él desea “que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4), y no se complace en la muerte de nadie, ni siquiera de los malvados (Ezequiel 8:23).

¿Cómo es esto? ¿Cómo puede ser misericordioso sin faltar a su justicia, o cómo puede ser justo sin faltar a su misericordia? Ambos atributos son expresiones de su naturaleza. ¿Qué puede hacer Dios ante este dilema? La respuesta está en Jesús. En Jesús se cumplen la justicia y la misericordia de Dios, pues en la cruz se ejecutó el castigo por el pecado que merece el arrepentido, y se ejecutó el perdón que la misericordia demandaba. Por eso la pregunta más importante que debemos contestar es qué haremos con respecto a Cristo, quien ha muerto en sustitución nuestra. Si aceptamos su ofrecimiento en la cruz, encontraremos la gracia y el perdón de Dios; y si lo rechazamos nos hacemos responsables del castigo que merecemos.

¿Qué podemos decir de Jeffrey Dahmer? Que la justicia perfecta lo condena definitivamente, pero Dios lo ama y desea salvarlo. Y si el pecador reconoce quién es y se arrepiente de su maldad, ¿por qué Dios no ha de escucharlo? ¿Qué clase de dios ignoraría el arrepentimiento sincero de un hombre que sabe que sus actos han sido abominables y no merece el amor de su creador? El asesino no oye la súplica de sus víctimas, pero Dios sí escucha la súplica de quienes claman a él. Un Dios amoroso se regocija por el hombre que se arrepiente de su falta, y se regocija aún más por el arrepentimiento de hombres como Dahmer. ¡Ésta es una gran victoria del amor sobre el pecado!

Y en el caso de las víctimas, el mismo principio aplica a ellas. Ni ellas, ni ninguna otra persona, merecen el perdón. Y si Dios ha de actuar con justicia absoluta, ellas, al igual que todos nosotros, merecen la condenación eterna. Dios las ama y desea salvarlas, pero no puede violar su libre albedrío, así como no puede violar el libre albedrío del asesino ni el de ninguno de nosotros. Quienes acepten su gracia serán redimidos, y quienes no la acepten, trágicamente, probarán la segunda muerte. La tragedia de estas víctimas es terrible, pero ellas mismas son responsables de su propio fin al rechazar la gracia y el amor de Dios.

Ésa es la importancia de tomar la decisión de seguir a Cristo cuanto antes, no pensando que habrá un mañana, o que tenemos tiempo para atar cabos sueltos en nuestras vidas.

¿Tenemos realmente libre albedrío?

Hay algo que parece no cuadrar en el Cristianismo. Dios lo sabe todo, incluyendo cada decisión que cada persona tomará durante su vida. Esto es necesario porque, si dios no lo supiera todo, entonces no sería dios. O por lo menos no sería el Dios perfecto y todopoderoso de las Escrituras. Pero, al mismo tiempo, se supone que tenemos libre albedrío. Eso es lo que explica la caída en pecado y el mal en el mundo. Si no tuviéramos libre albedrío, nadie desobedecería a Dios. Todos seríamos marionetas en una historia predeterminada, presumiblemente para entretenimiento de los ángeles. Pero si tenemos libre albedrío, ¿cómo puede alguien saber lo que haremos, incluyendo a Dios?

Si Dios sabe lo que haremos, no hay forma de escapar a su conocimiento. Irremediablemente haremos eso que Dios ya sabe que haremos.

El punto es que el Cristianismo parece conducirnos a un callejón sin salida, prueba de que es un absurdo del cual debemos despertar. Si nos aferramos a creer en Dios, tenemos entonces tres opciones. Creer en un dios que se burla de su creación, en uno que no lo sabe todo o en uno que no existe.

O al menos eso es lo que parece tras un primer análisis.

Diseccionando el razonamiento

Si te conformas con la respuesta corta a nuestro problema, hela aquí. Es un error creer que el hecho de que Dios sabe que algo ocurrirá es lo que determina que ese algo ocurrirá. Si necesitas conocer con detalle el por qué, sigue leyendo.

Me parece que el razonamiento usado para negar a Dios sobre la base del libre albedrío puede ejemplificarse como sigue:

  1. Necesariamente si Dios sabe que Juan comerá una hamburguesa, Juan comerá una hamburguesa.
  2. Dios sabe que Juan comerá una hamburguesa.
  3. Juan necesariamente comerá una hamburguesa.

Si somos cuidadosos en nuestro análisis del silogismo, notaremos que la inferencia es injustificada. De las dos premisas sigue que “Juan comerá una hamburguesa”, pero no que lo hará “necesariamente”. Es decir, no es el conocimiento de Dios lo que determina lo que hará Juan; más bien, la preferencia personal de Juan es lo que determina el conocimiento de Dios sobre sus futuras acciones.

Corrigiendo el razonamiento

La forma correcta de relacionar el conocimiento de Dios con las acciones del hombre es mejor expresada como sigue:

  1. Si Juan fuera a comer una hamburguesa, Dios necesariamente sabría que Juan comerá una hamburguesa.
  2. Juan comerá una hamburguesa.
  3. Dios necesariamente sabe que Juan comerá una hamburguesa.

Sé que la idea puede perderse en medio del enredo de las palabras, así que lo ilustraré con otro ejemplo.

  1. Si el Sol es una estrella, el Sol necesariamente emite luz.
  2. El Sol es una estrella.
  3. El Sol necesariamente emite luz.

¿Acaso es la luz lo que causa que el Sol sea una estrella? ¿O es el hecho de que el Sol es una estrella lo que provoca que el Sol emita luz? Sin el Sol-estrella no habría luz solar. Y sin luz solar no hablaríamos del Sol-estrella. Pero es obvio que la luz emitida por el Sol es consecuencia de que sea una estrella, no viceversa. De lo contrario diríamos que las bombillas eléctricas y las luciérnagas son estrellas también. La emisión de luz es una de las muchas características de las estrellas, pero no es la luz la que causa a la estrella. ¡Es la estrella la que causa (produce) la luz!

El libre albedrío es un problema en el ateísmo

De hecho, precisamente la cuestión del libre albedrío constituye uno de los problemas más difíciles por resolver en el ateísmo naturalista, pues, si Dios no existe, el universo físico es todo lo que hay: materia, energía, espacio y tiempo. Todos los fenómenos son completamente naturales en el ateísmo y, por lo tanto, debe haber una explicación naturalista para cada uno de ellos.

En particular, nuestros pensamientos no son otra cosa que impulsos eléctricos relacionados con el potencial químico de los alimentos y las condiciones ambientales en las que un sistema autopoiético (que se reproduce y se mantiene a sí mismo) se desempeña. Así, la consciencia sería una ficción, y nuestro aparente libre albedrío estaría plenamente determinado por las leyes de la mecánica, el electromagnetismo, la termodinámica y la física cuántica.

El ateo debe creer, entonces, que no posee una identidad personal, sino que es un robot que responde a las condiciones iniciales del universo y las leyes de la naturaleza. Pero ¿por qué habría de creer en la conclusión a la que ha llegado un autómata, cuyos procesos mentales estuvieron predeterminadas por las condiciones iniciales aleatorias del universo? ¿Cómo confiar en una conclusión obtenida por semejante medio?

El cristiano, en cambio, puede estar seguro de que realmente tiene libre albedrío y de que Dios le permite actuar conforme a su propia consciencia.

¿Dios es infinito?

El infinito es un concepto muy problemático, e históricamente se lo ha usado para probar creencias diversas y mutuamente contradictorias.

Por ejemplo, Zenón de Elea, discípulo de Parménides, lo usó para probar que el movimiento es una ilusión. Según su versión del panteísmo, el universo es estático. De hecho, su paradoja de Aquiles y la tortuga es muy popular. Si Aquiles intenta alcanzar una tortuga debe correr hacia donde ella se encuentra; pero cuando él llega allí, la tortuga ha avanzado un poco, así que aún no la alcanza. Entonces Aquiles debe correr hacia donde ella se encuentra ahora; pero cuando él llega allí, la tortuga ha avanzado otro poco, así que aún no la alcanza. Y no importa cuántas veces se repita este proceso, incluso hasta el infinito, la razón nos dice que Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Nuestra experiencia, pues, engaña nuestra mente.

Baruch Spinoza usó el mismo concepto para probar una versión diferente de panteísmo. Primero definió que un ser finito es algo cuyos límites lo diferencian de toda otra cosa. Lo que hace a una mesa ser una mesa es que sus características la distinguen de lo que es una flor. O una casa, o una persona, etcétera. Los seres finitos tienen características que, al diferenciarlos de otros seres, los definen en términos de esas diferencias. Y, por otro lado, lo infinito es aquello que no es finito. Así que Dios, si es un ser infinito, es no finito. Y esto quiere decir que no tiene características que lo distingan de los demás seres. Entonces Dios no es distinguible de todo lo demás. Y esto es así porque Dios es lo demás. Dios es todo y todo es Dios.

La imposibilidad del infinito

Los teólogos cristianos han señalado la imposibilidad del infinito para argumentar que el universo no es eterno. La consecuencia, por supuesto, es que ha sido creado “en el principio”. La siguiente paradoja es bien conocida, e ilustra el problema de maravilla.

Si tengo una bolsa con fichas numeradas desde 1 hasta infinito, tengo en efecto una cantidad infinita de fichas. Si de la bolsa extraigo todas las fichas marcadas con un número mayor que 5 (las fichas 6, 7, 8, …), habré sacado un número infinito de fichas y en la bolsa quedarán tan sólo cinco (las fichas 1, 2, 3, 4 y 5). Así que infinito menos infinito es cinco. Si devuelvo todas las fichas a la bolsa y ahora extraigo aquéllas marcadas con un número par (las fichas 2, 4, 6, …), habré sacado un número infinito de fichas y en la bolsa quedará un número infinito de fichas (las fichas 1, 3, 5, hasta el infinito). Así que infinito menos infinito es infinito. Pero esto es absurdo. ¡Dos operaciones aritméticas idénticas no pueden tener resultados distintos!

Lo que ocurre es que partiendo de una premisa falsa es posible probar proposiciones absurdas. En los ejemplos anteriores, las extrañas conclusiones resultan de suponer que el infinito es algo real. El infinito es una ficción útil, un concepto humano, que, sin embargo, no describe la realidad numeral de ninguna colección de elementos.

¿Entonces Dios no es infinito?

Sin embargo, los cristianos continuamente usan expresiones como éstas: Dios es infinito, el amor de Dios es infinito, la sabiduría de Dios es infinita. ¿Cómo deben interpretarse estas expresiones? ¿Qué es preferible? ¿Decir que Dios es finito, aunque esto implica que está en ciertos sentidos limitado? ¿O decir que Dios es algo que hemos concluido que no puede existir?

La clave para entender estas expresiones está en que la “infinidad” de Dios no se refiere a una adición sucesiva de elementos que lo componen. Precisamente para evitar este tipo de confusiones, Tomás de Aquino, en su obra magna, Summa theologiae, aborda la simplicidad de Dios antes que su infinitud. Puede decirse que la infinidad de Dios es más bien cualitativa, no cuantitativa. Lo que esto quiere decir es que en Dios se reúnen un conjunto de propiedades superlativas: aseidad, perfección moral, omnipotencia, omnisciencia, etcétera.

¿Qué hay de la omnisciencia y la omnipotencia?

En realidad, ninguno de los atributos de Dios involucra un número grande de elementos. La omnisciencia no implica el conocimiento de un gran número de verdades. En nuestros términos, diríamos que Dios cree todas las proposiciones verdaderas, y sólo las proposiciones verdaderas, en todo momento. Pero las paradojas que pudieran plantearse acerca de una infinidad de proposiciones descriptivas de la realidad son problemáticas sólo para el ser humano. Nosotros entendemos el mundo de manera proposicional. Somos nosotros quienes dividimos la realidad artificialmente para darle sentido. El conocimiento de Dios, en cambio, pudiera ser una intuición completa, sin divisiones, de la realidad.

Similarmente, la omnipotencia no está definida, para usar terminología de la ciencia moderna, por cuantos de poder, o por una cantidad discreta y aritméticamente medible de acciones que Dios pueda ejecutar, sino en términos de su capacidad para actualizar estados de cosas. Por lo tanto, no hay razón para pensar que Dios es susceptible de un análisis cuantitativo como el que la objeción propone.

En otras palabras, negar que Dios sea activamente infinito en el sentido cuantitativo no implica que Dios sea finito en el sentido cualitativo. El motivo por el cual los escolásticos eligieron el adjetivo “infinito” para describir a Dios fue resaltar su naturaleza de acto puro, libre de las limitaciones materiales y espacio temporales de todo lo que ha sido creado.